Trilogía de la Jerarquía (y III)

El orden de las castas


Jesús J. Sebastián    

El instinto gregario de la especie humana para formar grupos sociales no es más que el impulso de agresividad reorientado hacia fuera e inhibido hacia dentro del grupo. Pero esta inhibición produce el nacimiento de una jerarquía natural que impone el orden de la sociedad y aumenta la cohesión interna ante la presión exterior. En las sociedades primitivas se descubre rápidamente la existencia del “caudillaje”, especialmente por los hallazgos arqueológicos funerarios, que muestran siempre un tipo de sociedad estratificada en nobles, plebeyos y esclavos. Por tanto, la primitiva sociedad paradisíaca de Rousseau, donde reinaba la igualdad del hombre en su estado salvaje, bien podría ser una emoción literaria, pero carece de base histórico-científica alguna.

Pero si la clase es una exigencia de la condición social del ser humano, es obvio que no fue inventada por el hombre, sino que surgió de situaciones tribales intrínsecas a la naturaleza del hombre. De esta opinión era Spengler, que oponía una clase superior, la nobleza de la tierra y de la sangre como nexo del campesino con la propiedad –teoría que Darré no pudo llegar a materializar-, a otra que sería la anticlase, la no-raza, la clase sacerdotal, microcósmica y desligada del mundo real. Aparece también la burguesía por la antítesis del mundo urbano –la ciudad- con el rural –el campo-, la cual inventa una falsa nobleza mercantil, una aristocracia del dinero; y, por último, la “cuarta clase”, la masa informe que persigue cualquier forma de distinción o rango que la eleven de su mediocridad.
 
Para Ortega y Gasset no merecía la pena discutir el problema de la existencia de clases sociales, pero hacía una original matización: incluso dentro de cada clase hay masa y minoría, los hombres creadores y los consumidores. El aristocratismo orteguiano es esencialmente dinámico porque establece el ciclo de la civilización como fruto del esfuerzo de una minoría egregia que ofrece al hombre-masa las ventajas y comodidades que, de otro modo, jamás hubiera alcanzado, y sobre cuyo origen “no puede ni quiere conocer”. Por ello, las diferencias de clase de su doctrina no están basadas en la desigualdad económica, sino en la distinción máxima de la inteligencia, la voluntad, la exigencia en sí mismo y el servicio a la comunidad.
 
Y cuando se habla de clases es de obligada referencia la cita de Marx con su descripción de la lucha de clases –después Hitler alimentaría la lucha de razas como superación de la anterior-, derivada del sistema de desarrollo y distribución de las fuentes de producción, como transición hacia una sociedad sin clases. Pero ni la existencia de clases puede vincularse con la economía (la historia lo denuncia), ni su abolición total es posible (la historia lo confirma), si partimos del hecho de que el hombre “no puede vivir fuera de la sociedad” y ésta no puede existir sin un orden jerárquico.
 
Así, el cerrado sistema de castas hindú, dividido en brahmanes (sacerdotes), kshatriya (nobles y guerreros), vaisya (cuidadores del ganado) y sudras (servidores) –omitimos deliberadamente a los “intocables”-, demuestra que las clases nada tienen que ver con la economía y que la milenaria sociedad india ha podido vivir su cultura social en torno a las teoría del dharma y del kharma como expresión de la movilidad social enmarcada en una supuesta reencarnación o renacimiento del individuo. Este sistema de castas o estratificación de clases responde, por otra parte, a la estructura ideológica “trifuncional” estudiada por Dumezil -soberanía política y religiosa, nobleza militar y servidumbre productiva-, fundamento social y organizativo de todos los pueblos indoeuropeos (y de otros pueblos conquistados por ellos).
 
Para Nietzsche es la naturaleza la que establece separaciones entre los individuos “espirituales”, los “más fuertes y enérgicos” y los “mediocres”, que son mayoría frente a “los menos” que, no obstante, son también los más perfectos; en consecuencia, el orden natural impone un “sistema de castas”, la jerarquía como ley suprema que separa a los tres tipos anteriores, norma necesaria para la conservación de una sociedad que posibilite la existencia de tipos superiores e inferiores. El filósofo alemán se remontaba, obviamente, a la civilización indo-aria para ejemplarizar su sistema jerárquico racial, en cuya cúspide sitúa a la “bestia rubia” germánica, antítesis de los representantes degenerados del judeo-cristianismo, dividiendo su sociedad ideal en “brahmanes”, guerreros y sirvientes, además de los “chandalas”, casta donde serían arrojados los mestizos, los tarados y los incapacitados : «El orden de las castas, la ley más elevada y más excelsa, es tan sólo la sanción de un orden de la naturaleza, una legitimidad natural de primer rango, sobre la cual ninguna arbitrariedad, ninguna “idea moderna” puede prevalecer. En toda sociedad sana, tres tipos, condicionándose mutuamente y gravitando diferentemente, se separan fisiológicamente entre sí; cada uno de ellos tiene su propia higiene, sus propias actividades laborales, sus propios sentimientos especiales de perfección, y su autoridad propia».
 
La ciencia de la etología, que estudia comparativamente el comportamiento animal y humano, ha demostrado que en el mundo animal, sea salvaje o doméstico, impera el principio de jerarquía como algo instintivo dentro de un grupo homogéneo. La jerarquía, pues, es una consecuencia del principio de sociabilidad que también se halla en numerosos mamíferos y otras especies con división de funciones. El hombre, como animal político y social, debe vivir en sociedad por imperativo sociobiológico y, dado que ésta no puede existir sin una organización funcional, separación de poderes, dedicaciones diferentes, distribución de tareas y misiones, la desigualdad social se convierte, además, en una necesidad de la vida comunitaria. Las castas tienen su origen en la inexorable desigualdad humana entre los que están destinados a mandar y los que están resignados a obedecer –y los que obedecemos y, en conciencia, nos rebelamos espiritualmente- y no en unas supuestas diferencias económicas, conquistadas o heredadas, como factor determinante del estatus social.
 
La mayoría de las utopías igualitarias –cristianismo, Revolución francesa, independencia americana, declaración de derechos humanos, marxismo, demoliberalismo, etc- han intentado, sin conseguirlo, hacer “tabla rasa” de toda la humanidad. ¡Ella, tan desigual! Sólo en el orden económico, centro de sus aberrantes especulaciones, sería posible la imposición de la igualdad si no fuese porque también a nivel individual –como sucede con los pueblos en el colectivo- la prosperidad material y espiritual es, asimismo, hija de cualidades específicas y diferenciales como son la inteligencia, la belleza, la voluntad y el trabajo. Mientras, los predicadores del igualitarismo equiparan la riqueza mental con la imbecilidad, el trabajo con la holganza, la tenacidad con la debilidad, el espíritu con la fealdad, la salud con el vicio. Proclamemos, pues, la imperiosa necesidad de la desigualdad humana como condición para un futuro más justo y más social, por descontado, pero menos igual.