Escrita por el Marqués de Tamarón.
La novela más profunda y poética


El Rompimiento de Gloria en medio del rompimiento del mundo


Javier Ruiz Portella    

¿Cómo es posible? ¿Cómo puede ser que fuera precisamente entonces, en aquellos días tan siniestros, cuando reventando nubes y nubarrones adviniera a través de ellos la luz? No cualquier luz sino la que, surgiendo a través de las nubes que la envuelven, da nombre al rompimiento de gloria: ese fenómeno que nos es dado observar en montes y campos, y que aquí se manifiesta en forma de otro rompimiento aún más excepcional: la hierofanía —manifestación de lo sagrado a través de lo profano— que contemplamos maravillados en la novela con la que el Marqués de Tamarón nos sobrecoge el ánimo.

Nos lo sobrecoge, sí, pero con atinada mesura. Todo aquí está dicho sin alzar nunca la voz: la grandilocuencia romántica es de todo punto ajena al estilo de quien vería seguramente en ella la más deplorable de las cursilerías. Tal vez sea éste el motivo por el que aún nos impresiona más la contradicción antes señalada: el rompimiento de gloria, la luz inefable de lo sagrado, se manifiesta no sólo en medio de lo prosaicamente profano, sino en los momentos en que está a punto de estallar el más siniestro de los horrores. Salvo un breve colofón ulterior, toda la acción de El Rompimiento de Gloria se desarrolla, en efecto, en el Madrid de los meses anteriores a julio de 1936.
 
Y, sin embargo, aunque el enfrentamiento entre las dos Españas está presente como telón de fondo, no es ésta en absoluto una novela —una más— sobre la Guerra Civil. Ni siquiera es decisivo el conflicto —nunca exacerbado— entre los tres protagonistas: íntimos amigos adscritos a ideas profundamente opuestas y que el 18 de julio tomarán cada uno de los dos bandos enfrentados a muerte. Por un lado, Saturnino, un joven estudiante revolucionario, pero curiosa y profundamente enamorado de la Antigüedad clásica. Por otro lado, unos hermanos (la naturaleza de cuyas relaciones vamos a dejar que el lector la descubra en su momento): Miguel y Elena, hermosa mujer de ojos “glaucos” o “garzos” cuyo azulado brillo se asemeja al que caracterizaba, nos dice Homero, a la diosa Atenea. Hablando del momento en que la conoció, Saturnino nos explicará que “no era púdica ni tampoco impúdica; las diosas carecen de esas debilidades. […] Decir que en ese medio minuto me enamoré de ella sería decir una tontería. No se enamora uno de un mascarón de proa en alta mar o de la Victoria de Samotracia en el Louvre. Tan sólo enloquecí”.
 
Pero tampoco es el amor como tal el gran protagonista de esta novela cuyo principal personaje, junto con los tres ya señalados, no es otro que la naturaleza: la agreste y esplendorosa naturaleza de las sierras de Gredos y del Guadarrama por cuyas laderas y crestas andan los tres amigos, y en la descripción de cuya alma la novela alcanza, sin duda, sus momentos poéticamente más álgidos. Hermosa y espléndida, la naturaleza; por supuesto, pero también —dirá  Elena—“bravía y cruel […]. [Por ejemplo,] esa arboleda idílica de ahí abajo no es más que un campo de batalla donde cada árbol lucha por el agua, la luz y la tierra contra todos los demás y, si puede, mata al vecino. […] La dignidad de la naturaleza está implícita en su propio nombre: es natural, no almibarada […] En el monte lo que no hay es cursilería humana”.
 
¿Cuál es, pues, el núcleo central de El Rompimiento de Gloria? ¿Cuál es la luz que, rompiendo las nubes pero manteniéndolas presentes, se abre a través de sus páginas?
 
Dejemos que sean ellas mismas quienes nos lo digan.
 
—Sé lo que estás pensando, Saturnino [le dice Miguel a su amigo revolucionario]. Que somos de otra época y no tenemos sitio en ésta. Y es verdad. Pero ¿crees en serio que el Brave new world que tú anhelas va a durar mucho? Desde luego su historia no se medirá en milenios como la del mundo arcaico.
—Es que yo no soy un utópico; la praxis…
—No, hombre, no, si no me refiero a tus ansias revolucionarias. Eso son chiquilladas de aprendices de brujo que como mucho costarán unos pocos centenares de millones de vidas. Me refiero al pacto fáustico de la modernidad, concluido por izquierdas y derechas con el Progreso. ¿O es que tú no crees en el Progreso?
—Sí, claro, pero…
—Pero Mr. Roosevelt también, y el Hitler ese del bigotito, y el gordo italiano y hasta el Conde de Romanones…
—¿Y tú no, Miguel?
—Yo no —contestó en voz queda, sin asomo de suficiencia, casi con pena.
—Entonces eres un reaccionario.
—Sí, claro. Pero no un tonto. Sé que nada de lo que haga va a cambiar el rumbo de los acontecimientos, salvo en lo accesorio. […] Pero a la larga el estúpido mesianismo del Progreso, capitalista o socialista, acabará destruyendo todo lo bello y en su lugar tan sólo habrá hormigueros histéricos y colmenas dulzonas y pegajosas.
 
Tal es la clarividencia que vienen a entregarnos, a través de Santiago Tamarón, su mensajero, estos dos personajes, casi sobrenaturales, ultraterrenos, se podría decir si tales apelativos tuvieran sentido en su caso: en el de quienes saben hacernos llegar este acervo de “viejos saberes no escritos, tenues rastros del pasado, intuiciones paganas, osadías de su casta, cautelas del pueblo [que] podían y debían transmitírselas a alguien que a su vez fuese más tarde capaz de entregarlas a otros. […] La traditio no es más que eso en latín. Por eso Virgilio no está muerto del todo, ni Hans, el viejo guardabosques que me enseñó —dice Elena— a imitar el canto de la alondra, ni Luna, la podenca que sabía mordisquear la oreja sin hacer daño”.
 
Tal es la traditio que, ante los hombres que renegamos de ella, vienen a rememorar estos dos seres de excepción. Contemplándolos mientras se bañan desnudos en una cascada del monte, Saturnino dirá:
 
“Iba a llamarlos pero, deslumbrado y tímido, me quedé mirándolos en silencio. Y esa mirada no fue de deseo; todo era demasiado hermoso e íntimo, la luz era demasiado fuerte, el agua demasiado fría, sus cuerpos eran perfectos y vigorosos, sus juegos eran de una inocencia edénica. Contemplé la escena durante unos instantes incalculables y la seguiré contemplando mientras viva. No sentí lujuria pero sí amor. Y amor, cosa rara, por los dos, como se siente amor rendido de admiración ante la perfección gemela de dos columnas o de una pareja de águilas o de dos versos inseparables.”
 
O como se siente amor rendido de admiración ante la novela más hondamente poética que se ha escrito en muchos años en las letras españolas. Sólo así, gracias al prodigio de su escritura, puede semejante novela estar a la altura de lo que Elena y Miguel dicen, aportan y significan en su discurrir entre los mortales.

Lea aquí una muestra de la novela