Napoleón, el comunismo y Donald Trump


El día de ayer, 9 de noviembre, no es sólo el día en cuya madrugada del año 2016 se habrá producido el tsunami populista que hace temblar a nuestras indignas élite. Es también...
Javier R. Portella    


Es extraordinaria la insensibilidad que nuestro tiempo y nuestras gentes tienen ante la dimensión simbólica de las cosas. Esta insensibilidad llega hasta el extremo de que, en medio del alud de comentarios que ha suscitado la victoria de Donald Trump, el asunto ha pasado totalmente desapercibido. Con la salvedad de este periódico, nadie ha aludido siquiera a ello en los medios de comunicación, tan ávidos son, no, por supuesto, de grandes hitos simbólicos, sino de lo que consideran más prosaicamente “interesantes cuestiones periodísticas”.
Resulta que el día de ayer, 9 de noviembre, no es sólo el día en cuya madrugada del año 2016 se habrá producido el tsunami populista que hace temblar a nuestras indignas élites, alegra al pueblo llano y regocija a quienes podrían llegar a constituir un día unas nuevas y dignas élites. Este mismo día es aquel en el que se produjeron otros dos grandes hechos históricos que cambiaron la faz del mundo. En la noche del 9 al 10 de noviembre de 1989 caía en Berlín el muro cuyo desmoronamiento significaba el fin del dominio comunista ejercido sobre Europa, así como el fin de la ideología que lo sustentaba.
Nadie podía imaginar entonces que semejante liberación iba a acarrear el intento de imponer a escala mundial el otro sistema, el otro totalitarismo, blando y melifluo, éste: el neoliberalismo que, ignorando pueblos, identidades, culturas y arraigos, ha intentado durante todos estos años globalizar el mundo y trasvasar sus poblaciones, al tiempo que su codicia capitalista lo empobrecía y arrasaba.
Aún lo intenta, por supuesto, y no será fácil liberarse de él. Pero es un signo más que alentador el constituido por la victoria, este 9 de noviembre, de Donald Trump, un líder con el temple, las agallas, la firmeza de un Napoléon.
¿De un Napoleón?­… Sí, de aquel Napoleón que otro 9 de noviembre —el de 1799, correspondiente al 18 de brumario del año VIII— daba el golpe de Estado que le hacía acceder al Consulado y, cinco años más tarde, al Imperio. Nada más ni nada menos. Decididamente, se trata de una fecha marcada a fuego por los hados.
(P. S.: Por cierto, otro 9 de noviembre (el de 2014) es el día en que el separatismo montó en Catalua un simulacro de referéndum separatista. Nada, sin embargo, tiene que ver con lo aquí evocado. De lo que aquí se hablaba era tan sólo de grandes hitos históricos.)