La revolución era esto


Dos caras tiene la misma moneda revolucionaria: la envidia y la vanidad.
Jesús Laínz    

–¿Qué harías, camarada, si fueras propietario de un inmenso palacio con jardines?
–Lo donaría al Partido.

–Qué magnífico camarada eres, camarada. Pero ¿por qué lo donarías?
–¿Para qué quiero yo un palacio con jardines? En cambio, el Partido podría utilizarlo para sus actividades o para alojar a cientos de camaradas sin techo.

–Magnífico, camarada. ¿Y qué harías si fueras el propietario de un yate de tres mástiles y cincuenta metros de eslora?
–Lo donaría al Partido.

–¿Por qué, camarada?
–Porque ¿qué haría yo con un yate tan grande? En cambio, el Partido podría utilizarlo de buque-escuela o para agasajar a los dirigentes extranjeros que visiten nuestro país.

–Estupendo, camarada. ¿Y qué harías si tuvieras un Rolls–Royce?
–Lo donaría al Partido.

–¿Por qué, camarada?
–Porque yo no le sacaría ningún rendimiento, mientras que el Partido podría utilizarlo como coche oficial de algún ministerio.

–Ejemplar, camarada. ¿Y qué harías si tuvieras una bicicleta?
–Nada.

–¿Cómo que nada? ¿No la donarías al Partido?
–Ni hablar.

–¿Donarías al Partido tu palacio, tu yate y tu Rolls–Royce pero no tu bicicleta, que es muchísimo menos valiosa? ¿Cómo es posible?
–Porque la bicicleta sí que la tengo, camarada.

A veces un chiste explica mejor toda una ideología que un voluminoso tratado. En el caso de los supuestos revolucionarios, la cosa suele ser singularmente fácil, pues todo se resume en las dos caras de una misma moneda: la de la envidia y la de la vanidad.

La historia nos ha dejado ejemplos tan numerosos como jugosos, empezando por aquellos lechuguinos resentidos por no haber podido nunca echar un polvo con una marquesa que anegaron Francia en sangre para ocupar ellos los sitios vacantes. Cambacérès, por ejemplo, reputado pederasta también conocido como Tía Turlurette, gozaba llamando "ciudadano Capeto" a Luis XVI –al igual que gozan nuestros podemitas con su "ciudadano Felipe de Borbón"–, pero cuando le tocó mandar en tiempos napoleónicos exigió ser tratado de Alteza Serenísima. También se distinguió el canalla de Fouché, que pasó de implacable exterminador de aristócratas a duque. Por no hablar de Bernadotte, coronado rey de Suecia algunos años después de haberse tatuado en el pecho el lema Mort aux rois.

Pero, por sus consecuencias de hondo y largo alcance, mucho más importante que la vanidad de los títulos fue el cambio de manos de la propiedad. Porque, tras la masiva desamortización de los bienes eclesiásticos, le llegó el turno a los denominados bienes nacionales de segundo origen, es decir, las propiedades de los nobles huidos y demás opositores a la Revolución, bienes que pasaron a las manos de los nuevos mandamases revolucionarios, que de este modo mutaron de gente en casta en un instante.

Algo parecido, pero a la española, sucedió con nuestras desamortizaciones decimonónicas, frustrados intentos de repartición racional de la tierra cuyos perniciosos efectos seguimos sufriendo en nuestros días sobre todo en la eterna Andalucía de los señoritos y los jornaleros. Porque una gran cantidad de las tierras de las manos muertas, mediante chanchullos e injusticias como la de fijar lotes enormes, inalcanzables para los vecinos del lugar, fueron acaparadas por los nuevos millonarios urbanos con nefastas consecuencias. Subieron la renta a los labradores, con lo que muchos se empobrecieron aún más o tuvieron que abandonar su trabajo. Al pasar pastos, bosques y otras tierras comunales a manos privadas, su aprovechamiento por los paisanos desapareció, por lo que millones de ellos –los que no nutrieron las filas del carlismo– tuvieron que abandonar sus hogares para trabajar en las fábricas y malvivir en las ciudades. Y los nuevos dueños quisieron amortizar el gasto rápidamente, por lo que hicieron grandes talas sin preocuparse de repoblar, causa de una de las mayores catástrofes ecológicas de la historia de una España, que en buena parte sigue desforestada desde aquel entonces.

En los añorados tiempos segundorrepublicanos, el egregio Valle–Inclán fue testigo de nuevos chanchullos izquierdistas cuando en 1932 fue nombrado conservador del Patrimonio Artístico Nacional. Ilusionado con su tarea de conservar y promover el patrimonio artístico, buena parte de él hasta entonces en manos de la Familia Real, tardó pocas semanas en denunciar que muchos tesoros estaban siendo dilapidados por unos gobernantes republicanos que los malvendían a anticuarios extranjeros quedándose ellos con el dinero.

Y mejor ni mencionar las dachas y demás privilegios de los gobernantes de aquel paraíso comunista que tuvo que levantar un muro para que no se le escaparan los felices proletarios.

Nada nuevo bajo el sol. Cambian los detalles, pero la esencia es la misma. Los sinvergüenzas, disfrazando su avidez con ropajes de revolución social. Y el pueblo, igual o peor. El ser humano suele ser una cosa bastante lamentable. Y en su versión revolucionaria, repugnante.

En los últimos setenta tuvo mucho éxito en la televisión británica una serie, titulada Citizen Smith, cuyo protagonista, un joven adorador del Che Guevara, ocultaba bajo su verborrea revolucionaria y su grito de guerra –Power to the People!– su incapacidad para ganarse la vida. Recuerdo con claridad –porque me provocó tanta risa entonces como la que me sigue provocando cuarenta años después– el episodio en el que se lanzó a un apasionado discurso en defensa de la futura sociedad socialista, tan justa que en ella ya no habría escasez, ni opresión, ni desigualdades sociales, ni explotación económica ni ningún otro mal capitalista. Tanta fraternidad se iba a alcanzar, que las personas ya no se distinguirían ni por sus nombres y apellidos, pues todos, en el paroxismo de la igualdad, se identificarían tan solo por un número.

–¿Y qué número serás tú? –le preguntó uno de sus acólitos, todavía más tonto que él.
Number one, of course!

Pues eso, que nuestro Ciudadano Smith se nos ha mudado a un chalé con piscina.