Willy Toledo

El actor Willy Toledo anda prófugo de la justicia y errante por los caminos de España mientras las citaciones se acumulan en su domicilio.

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Como supongo que el lector sabrá, el actor Willy Toledo anda prófugo de la justicia y errante por los caminos de España mientras las citaciones se acumulan en su domicilio. El fugitivo está acusado de ofensas al sentimiento de los católicos por unas blasfemias que el energúmeno rebuznó en los medios, lugar en el que disfruta de eminencia anecdótica gracias a sus boutades, o más bien rabotadas, pues el histrión no destaca ni por su ingenio ni por su ironía, sino por una índole montaraz de pitecántropo bolivariano. En eso del humor, la izquierda extrema es más bien cortita. Lo suyo es linchar, difamar y, si se puede, fusilar. Como mucho, chistes patibularios y poco más.

No voy a preocuparme del cómico ni de sus avatares jurídicos. Con la mayoría que nos gobierna y con la legendaria independencia de sus fiscales, el yeti del cine español no debería angustiarse por su situación penal. Al revés, ya está siendo convertido en "víctima" y de ahí a disfrutar de un estatuto privilegiado no hay más que un breve paso. Además, es un mártir marxista–leninista, ergo políticamente correcto, como Rodrigo Lanza, otro perseguido del Sistema a quien la justicia "acosa" por trivialidades como dejar inválido a un guardia urbano barcelonés y asesinar a patadas y golpes (y por la espalda, como mandan los cánones del antifascismo) al zaragozano Víctor Laínez. Ni a Lanza ni a Toledo les faltarán homenajes, indultos e inquebrantables adhesiones.

Lo que me llama la atención es que en este ordenamiento jurídico del que gozamos se pueda denunciar a alguien por ofender al sentimiento religioso. “Ofender” es un término con un fuerte componente subjetivo. Cualquiera puede darse por ofendido con cualquier acto. Por la misma razón, es la opinión del juez y no ningún indicador objetivo la que determina qué ofensa es suficiente. Un delito de blasfemia sería el tipo más adecuado, porque eso es lo que Toledo perpetró, pero ya no se recoge en nuestros códigos desde 1988, porque el Estado carece de religión. Bueno, en realidad tiene una colección de dogmas que se llama laicismo, que es la religión de los que odian la religión. Una antirreligión. El cómico, con sus blasfemias, ha expresado lo que los laicistas disfrazan con un lenguaje jurídico y filosófico.

El artículo 525 del Código Penal regula estos escarnios y ofensas al sentimiento religioso de los españoles y, al menos en cuanto al catolicismo se refiere, los jueces tienen larga y ancha manga sobre lo que significa ofender. Si se tratase del islam, los gays o los antifranquistas, actuarían de muy otra manera. Con la jurisprudencia en la mano, uno puede asaltar capillas, blasfemar, realizar performances obscenas en la vía pública con símbolos sagrados y, por lo que anticipamos, profanar las sepulturas de una basílica. Como la suficiencia de la ofensa depende del humor y de las ideas de su señoría, y teniendo en cuenta quiénes mandan en España, las ofensas sólo las hacen unos y sólo las sufren otros. Por eso, cualquier jumento puede cocear la creencia mayoritaria de los españoles e irse de rositas. Además, en el lote va incluido pitar el himno nacional, quemar la bandera (la rojigualda, claro) y la foto del rey. Eso no ofende. No les aconsejo que intenten lo mismo en Rusia, un país civilizado donde la religión y los símbolos del Estado son bienes protegidos y las blasfemias e insultos se pagan.

No les faltaría la razón a los jueces si aplicasen esa laxitud en el concepto de ofensa a todo pensamiento expresado libremente y que puede disgustar hasta el agravio a otros sectores de la sociedad. La libertad de expresión implica la capacidad de decir aquello que a otros no les gusta, que les ofende. Incluso, puede admitir el insulto siempre que no se caiga en la injuria. Pero esa libertad debe regir para todos. Lo curioso es que en este régimen se mira con lupa todo lo que dicen tradicionalistas, liberales o simples independientes, llegando al escrache, la muerte civil y la persecución académica, mientras que la extrema izquierda tiene vía libre para la injuria, la profanación, las mamarrachadas de vario pelaje y, lo que es peor, la calumnia y la mentira. Esta ley del embudo es la que de verdad nos rige, donde media nación amordaza a la otra media. No otra cosa son las leyes de género y de memoria “histórica”. De esta manera podemos entender por qué quitar lazos amarillos “crispa”, pero no quemar la bandera o gritar ¡Muera el Borbón!

Lo más sorprendente de este circo de las ofensas es que las leyes que le han permitido ejercer el monopolio ideológico de la biempensancia a los ultras de izquierda son obra de la supuesta derecha, de ese PP que pervirtió el voto cautivo de millones de personas para conservar e incluso fortalecer la dictadura del marxismo cultural en lugar de desmontarla.

Otro elemento curioso de esta ola de anticlericalismo que nos anega es que sus personajes se han educado en centros laicos y con profesores de izquierdas. No son víctimas del clero, al que apenas han tratado, y no saben distinguir un Ecce Homo de una Inmaculada. La mayor parte de estos sujetos son el fruto de un régimen que no ahorra ocasión de escarnecer a la religión tradicional del país y sus muchos logros culturales, haciendo sólo hincapié en sus fracasos y en los aspectos negativos que, sin duda, tuvo el clericalismo. Pero, creyentes o no, los españoles somos católicos por lengua, símbolos y costumbres: por nuestro inconsciente colectivo, que a través de la religión campesina llega hasta el paganismo prerromano con sus fiestas y ritos. Incluso el anticlericalismo popular obedecía a una rancia tradición católica que se remonta a las coplas medievales. En los últimos cuarenta años ese cemento común se está desgastando de forma permanente y con efectos devastadores en las generaciones jóvenes. El aspecto más nefasto del laicismo es que nos va a convertir en robots, en cosmopolitas que tienen la misma cultura en Wisconsin que en Sevilla. Este borrado de identidades es uno más de los pasos de un proceso de simplificación universal que despojará de su alma al mundo.

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