Grigori Potemkin y Catalina la Grande

El espíritu de Potemkin

¿Cómo, sin casi combatir, una ciudad histórica (Jersón) va a ser entregada a la anti-Rusia. ¿Cómo no van a surgir los rumores?

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En la catedral de Santa Catalina de Jersón se guardaba la tumba de su fundador, Grigori Potemkin, ese prócer que asombra a los estudiantes primerizos de ruso cuando les enseñan que su nombre se pronuncia “patiómkin”. Nombrado príncipe de Táurida por la gran Catalina, conquistó Crimea y Nueva Rusia a los tártaros y fundó varias ciudades que hoy suenan en todos los noticiarios: Sebastopol, Nikoláiev y, por supuesto, Jersón, heredera histórica de la ciudad desde la que los bizantinos cristianizaron la Rus. Es decir, por si caben dudas todavía al respecto, las ciudades citadas, además de Odessa, las fundaron Catalina y su gran favorito, se poblaron con rusos y se concibieron para afirmar la presencia del imperio de los zares en lo que antaño fueron estepas habitadas por nómadas. La provincia de Nueva Rusia, colonizada por rusos, griegos, alemanes, judíos, armenios y ucranianos, se convirtió en una de las más prósperas del imperio y confirmó los designios de Potemkin y Catalina sobre la necesidad de su conquista.

Lenin, para debilitar a Rusia dentro de la Unión Soviética, entregó esta provincia a Ucrania en 1922 sin molestarse en preguntar a sus habitantes si estaban de acuerdo o no. Curiosamente, los nacionalistas ucranianos de entonces se quejaron de esta decisión de Vladímir Ilich, pues rusificaba a Ucrania. Con Stalin se incorporó la Galitzia polonizada y con Jrushov (Kruchev) Crimea. Es decir, Ucrania le debe la mitad de su territorio a la Unión Soviética, de la que era en 1991 la república más rica y aquella en la que más dinero se invertía, entre otras cosas porque estuvo dirigida entre 1964 y 1982 por ucranianos, el famoso clan de Dniepropetrovsk (la antigua Yekaterinoslav, fundada también por Potemkin), al que pertenecían Brézhnev y Podgorni.

Hoy es noticia la retirada de los rusos de Jersón. Para evitar que la tumba de Potemkin sea profanada por la soldadesca de Zelenski —cuyo régimen quiere sustituir la estatua de Catalina en Odessa por otra dedicada a un actor porno gay y que ha quitado hasta la inofensiva placa de la casa-museo de Bulgákov en Kíev—, la huesa del fundador de Jersón ha sido trasladada a un lugar seguro bajo el control de la Federación Rusa. El abandono de esta capital no puede sino originar un sinnúmero de especulaciones y no es para menos, dadas su resonancias históricas. En primer lugar, en este caso no es una retirada como la del óblast de Járkov, donde los rusos fueron sorprendidos en inferioridad numérica por las tropas de Kíev; ahora sucede todo lo contrario: los fracasos de los ucranianos en el frente de Jersón han sido rotundos; cruzar el Ingulets costó miles de cadáveres y los ataques frustrados, abortados y aniquilados en este frente desde agosto son incontables. Pero, sin casi combatir, una ciudad histórica va a ser entregada a la anti-Rusia. ¿Cómo no van a surgir los rumores?

Cada vez son más persistentes los informes de mediaciones turcas, saudíes e indias para que las dos partes del conflicto negocien. Tampoco es un secreto que empieza a cundir la inquietud en el Pentágono ante el curso de la guerra, con un invierno que puede resultar catastrófico para el régimen de Kíev y con una capacidad menguante de la OTAN a la hora de proveer a una Ucrania que vive de Occidente y no se puede sostener por sí sola. No son pocos los analistas que han visto en la retirada rusa de Jersón el establecimiento de una línea de alto el fuego en el curso bajo del Dniéper. Existen, sin embargo, varias objeciones: este invierno va a ser devastador en Ucrania, no tiene ningún sentido regalar Jersón al enemigo. Por otro lado, el sistema legal ucraniano impide al régimen de Zelenski acordar nada con Rusia. Cierto que la ley no es sino una futesa, pura retórica para un gobierno de gángsters, pero la propaganda del dictador ucraniano ha insistido demasiado en su negativa a negociar. Además, el anterior capo del régimen del Maidán, Petró Poroshenko, afirmó sin rebozo que los acuerdos de Minsk no fueron sino ficciones para ganar tiempo y que Kíev jamás pensó en cumplirlos. ¿Se puede llegar a un pacto serio con semejantes bribones? Cualquier resolución pacífica del conflicto no sería más que una tregua, un alto el fuego, un aplazamiento de las hostilidades hasta que Ucrania recupere fuerzas. Pero

Putin, pese a lo que la propaganda occidental ladra, siempre prefiere negociar

Putin, pese a lo que la propaganda occidental ladra, siempre prefiere negociar. Desde 2014 lo lleva haciendo y los resultados nunca han sido alentadores. Hasta el pasado mes de abril hubo esperanzas de un acuerdo pacífico, pero ya se encargó el gobierno británico de dinamitarlo.

Cabe otra explicación mucho más probable: que Moscú esté acumulando fuerzas para una ofensiva en los próximos meses. La población de Jersón ha preferido la evacuación rusa a la “liberación” ucraniana. Indudablemente, su intención es volver en breve a su ciudad. Y tienen serios motivos para creer en ello: en las últimas semanas, todos los intentos de romper las defensas rusas han sido un clamoroso fracaso. Incluso la victoria ucraniana de Limán fue en buena parte frustrada por la eficiente retirada rusa, cuyas tropas rompieron dos veces el cerco enemigo. Los reservistas se están incorporando a sus destinos y la disposición estratégica del Kremlin está ganado profundidad. Va a ser muy difícil que se repita lo del óblast de Járkov. En definitiva, las razones militares que presenta el ministerio de Defensa ruso parecen razonables: la dificultad de mantener un ejército al otro lado del Dniéper, con las escasas líneas de comunicación en peligro de quedar cortadas en cualquier momento, fuerzan a una retirada de un frente amplio y muy expuesto (pero que se sostuvo bien, aunque a un alto precio) a otro con mejor protección natural. Todo esto permite a Rusia disponer de los elementos necesarios para una ofensiva de gran estilo en un futuro no lejano. Pero, sin duda, el efecto político es desastroso y le da en el corto plazo, en el que Occidente siempre se mueve, un triunfo a Zelenski. Otro más.

Si Rusia de verdad se plantea una larga guerra de desgaste, la pérdida de Jersón no tiene demasiada importancia. Un conflicto que se extienda durante tres o cuatro años acabará con Ucrania, que además depende en todo del voluble Occidente, al que un vuelco electoral en América puede hacer cambiar de política: los anglosajones son peores de aliados que de enemigos. Pero si lo que Putin busca es acabar con el conflicto por la vía rápida, la entrega de Jersón le da a Zelenski un triunfo que éste debería de aprovechar para solicitar un alto el fuego y salvar a su régimen. No parece que sean esas las intenciones de las dos partes.

Catalina y Potemkin se tomaron su tiempo para acabar con otomanos y tártaros. Hizo falta un largo reinado con dos grandes y agotadoras guerras para incorporar las estepas y Crimea al imperio de los zares. El tiempo es lo que le falta a Ucrania y le sobra a Rusia, que no dejará en el olvido unas tierras y ciudades que son hijas del genio de Potemkin, que están marcadas para siempre por la impronta de su espíritu. El loco y vesánico zar Pablo, que odiaba al favorito, ordenó la profanación de su tumba y trató de destruir su cuerpo, pero manos fieles lo preservaron. Los bolcheviques también lo intentaron y también fracasaron. Ahora Zelenski, que en tantas cosas se parece peligrosamente a Pablo, no va a tener ni la ocasión de hacerlo. El genio tutelar de Potemkin sigue presente en la tierra rusa.

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