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Javier Ruiz Portella

16 de abril de 2008
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¿Puede representar Esperanza Aguirre la nueva esperanza de España? Que nada cabe esperar, visto lo visto, de Mariano Rajoy y del resto de la cúpula dominante del Partido Popular, es asunto sobradamente manifiesto y que confirman, por si alguna duda pudiera caber, sus recientes guiños y brazos tendidos a quien, desde el poder, encarna la voluntad de convertir a la más antigua nación europea en un miserable reino de taifas. (Reino sólo equiparable a la Italia que, entre la caída del Imperio y el Risorgimento, anduvo escindida entre multitud de Estados, Principados y Ducados. Con una diferencia crucial, sin embargo: unidas en lo más fundamental, ninguna de las partes de Italia renegaba de su legado común: histórico, «afectivo» o cultural. Más claro: ninguna repudiaba la lengua, la cultura y la historia de Italia como Cataluña y las Vascongadas repudian hoy las de España.)
 
Puesto que don Mariano Rajoy y el Partido Popular siguen empeñados en seguir templando gaitas y no tomar el toro por los cuernos, ¿puede llegar a tomarlo alguien como Esperanza Aguirre? ¿Podría acaso representar ella algo parecido a la solución?
 
Ante tal incapacidad, se da a veces (algún amigo mío la practica) una actitud maximalista, propia de un puritanismo tan simpático como nefasto. Consiste en decir: «Yo me lavo las manos, no se me fueran a manchar en una contienda que no va a resolver nada de lo fundamental. Tanto si se desintegra España como si no, igual seguiremos viviendo en un mundo absurdo y ruin. Qué más da lo que hagan un Zapatero, un Rajoy o una Esperanza Aguirre… Mejor no ir siquiera a votar.» Pues no. Por más que ninguno de ellos vaya a cambiar nada fundamental, lo que hagan o dejen de hacer resulta —paradojas de la vida— absolutamente fundamental: no fuera caso que, despertándonos en serio algún día, quisiéramos abordar por fin lo esencial, y en lugar de encontrarnos con un país, sólo nos encontráramos con un montón de desperdigadas ruinas.
La solución… Detengámonos un momento, que aquí se impone matizar las cosas. ¿De qué solución se trata? ¿De solucionar acaso el malestar existencial que, como todos los hombres de nuestro siglo, conocemos los españoles? Por supuesto que no. Para cosas como la pérdida de sentido que experimenta el mundo, para cosas como la absurdidad existencial que conocen nuestras vidas, la solución no pasa por ninguno de los partidos o ideologías existentes y que, lejos de formar parte de la solución, constituyen parte del problema. O lo que es lo mismo: la solución de tales cuestiones —las realmente fundamentales— no pasa ni puede pasar por doña Esperanza Aguirre o por la otra dama de la que luego hablaré.
 
¿Puede evitar la ruina nacional —lo único que en tales lides me importa— alguien como Esperanza Aguirre? Poderlo, puede. Agallas tiene. ¿Podría, si se hiciera con el poder en su partido, triunfar en las próximas elecciones? También. Por una razón tan sencilla… como idiota. Carece (y el mero hecho de ser mujer la ayuda considerablemente) de la imagen conservadora, escasamente «moderna», como teñida incluso por no se sabe qué influjos eclesiásticos, que, a ojos de una parte de la opinión española, marca como un irremediable estigma al Partido Popular.
 
Estigma injusto, imagen ridícula, grotesca: tan rabiosamente moderno, tan visceralmente partidario del orden economicista y democrático del mundo es Mariano Rajoy como lo son Esperanza Aguirre, Alberto Ruiz Gallardón… o el mismísimo José Luis Rodríguez Zapatero. Todos adhieren al mismo orden general de cosas (las diferencias al respecto sólo son de matiz). Cualesquiera que sean sus reservas, incluso la propia jerarquía eclesiástica adhiere a tal orden, y ya no digamos el odiado y amado presentador de la cadena de radio propiedad de esta última. La imagen que, como un estigma, cercena las posibilidades electorales de la derecha española —decía— es tan injusta como ridícula. Pero aquí, señores, estamos hablando de política. Es más: estamos hablando de lo que se juega en el gran circo mediático-político de una sociedad moderna, materialista y democrática. No estamos hablando, pues, de lo que las cosas son, sino de lo que aparentan ser —lo único que en tal circo importa.
 
El gran circo
 
En ese circo, doña Esperanza ha tenido, por ejemplo, la habilidad de lanzar, entre otras cosas, un guiño de simpatía a la comunidad homosexual, zafándose de tal modo —en el circo basta a menudo un gesto— de la burda trampa en que ha caído la derecha española al condenar un esperpento como el del «matrimonio» homosexual. De nuevo lo mismo: por supuesto que el esperpento es condenable (no por el reconocimiento de derechos que implica, sino por sus nefastas connotaciones simbólicas para el matrimonio, la familia y la reproducción de la especie), pero el que algo sea condenable no significa necesariamente que en el circo se pueda o deba condenar. Estamos en un gigantesco (y zafio) espectáculo mediático-político en donde lo que cuenta no es lo que las cosas son, sino lo que aparentan. Y lo que aparenta la condena del «matrimonio» homosexual —da igual que sea o no así— es el repudio hacia lo que algunos llaman todavía «la desviación homosexual».
 
Si sólo las apariencias cuentan, ¿no tendría razón doña Soraya Sáenz de Santamaría, el nuevo brazo derecho de Rajoy, al invocar esta misma idea para propugnar una deriva «centrista» en la imagen del PP, con lo que ello implica de claudicación definitiva frente al separatismo? No, en absoluto. Por dos razones. La primera, porque se trata de una cuestión de principios —a no ser que el único principio sea (como en realidad lo es…) alcanzar a cualquier costa el poder. Pero incluso si sólo se piensa en el poder, si sólo de resultados electorales se trata, grandes podrían ser éstos (incluso en la Cataluña castellanohablante, a cuyo corazón nadie ha hablado nunca) si se hiciera lo que jamás se ha hecho ni intentado: defender clara, vigorosa, inteligentemente la identidad histórica, cultural y nacional de España.
 
Es lo que hace o parece que quiere hacer (aquí nunca se sabe…) doña Esperanza. Quien, en todo caso, lo hace sin vacilar y con decidido arrojo es… doña Rosa. Nunca, en efecto, desde la instauración del nuevo Régimen, se habían oído tales y tan vigorosas palabras como las que pronunció Rosa Díez, diputada del nuevo partido Unión, Progreso y Democracia, bajo la carpa del gran circo que, escoltado por dos leones, se alza en la madrileña carrera de San Jerónimo. Habló de lo que nunca nadie había hablado. Habló de cosas tan inconvenientes —zumbaban los oídos de Sus Señorías: nunca habían oído nada parecido— como de reformar las grandes injusticias de la ley electoral, de regenerar la Justicia (lo que implica que hoy está degenerada)… Y lo más fundamental: por primera vez en treinta años alguien se atrevía a impugnar bajo la venerable carpa no el Estado de las Autonomías como tal (no hay por qué hacerlo: volver al centralismo jacobinista sería locura), sino las degeneraciones sin tasa que ha acarreado y, muy en particular, ésta: ya están surgiendo generaciones de jóvenes españoles tan descerebrados como… antiespañoles. Propugnaba para ello la única medida posible: devolverle al Estado la competencia en materia de Educación; esa competencia de la que con irresponsabilidad criminal se han desprendido todos: desde Suárez hasta Rajoy, pasando por Fraga, González, Calvo Sotelo y Aznar. (No incluyo a Zapatero: lo suyo no es irresponsabilidad; es propósito deliberado.)
 
¿Puede doña Esperanza —preguntaba al principio— encarnar algo como un nuevo despertar para salvar a España? Lo podría sobre todo si, rosa la esperanza, aunaran ambas sus esfuerzos: hasta harían pensar entonces en otras grandes mujeres de nuestra historia, salvadas sean por supuesto todas las distancias. Quedaría, o podría quedar, conjurada entonces la gran desdicha que sobre el destino de nuestra patria (¿volvería a ser lícita la palabra?) se ha abatido durante estos últimos treinta años: desaparecería por fin la imagen que, para tantos españoles (no sólo vascos y catalanes), hace que la idea misma de España —todo el meollo de la cuestión está ahí— huela a polvo, sacristía y naftalina. Imagen grotesca, falsa de toda falsedad. Pero imagen que, nos guste o no, se encuentra ahí: y sólo con otras imágenes —más que con ideas y discursos— se combaten y arrancan en el gran circo las imágenes falsas, los estigmas infames.
 
No comprender esto último; no comprender que —sometido como está el circo a los gustos y dictámenes de las masas— la vida pública se compone tanto de gestos como de ideas, tanto de imágenes y apariencias como de conceptos y doctrinas; no comprender, en suma, que aquí el hábito también hace al monje, significa no comprender nada de lo que constituye el corazón de nuestra realidad política. Y si usted, amigo, no lo comprende; o lo comprende y le da repelús (de acuerdo, de acuerdo, a mí también…, pero después no se queje), permítame un consejo: mejor retírese a descansar.


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