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José Javier Esparza

24 de abril de 2008
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Novedad de novedades: guerra ideológica en el PP. Pero, ¿de verdad se trata de ideas? ¿Alguien sabría decir exactamente dónde está la diferencia “ideológica” entre Rajoy y Esperanza? ¿La libertad de mercado, la política exterior, el aborto, la libertad de enseñanza, la familia, la limitación del Estado autonómico, la inmigración? No: lo que tenemos delante es, una vez más, una lucha personal de poder que, por otro lado, implica a las correspondientes huestes mediáticas, económicas, etc. Y la derecha social, huérfana. Es hora de romper amarras.
 
No hay realmente un debate ideológico. Eso no quiere decir que no se esté ventilando algo importante. Santiago Abascal acaba de recordarlo con claridad: “Hay tres debates abiertos en el PP: el de las personas, el de las etiquetas ideológicas, y el de qué hacer frente a la consolidación del cambio de régimen en España”. Hace ya varios años (al menos desde 2006) que algunos señalamos dónde estaba la grieta que iba a separar a la derecha: en el proceso de cambio en profundidad que Zapatero estaba y está desatando en España. Ante ese cambio, que presenta implicaciones al mismo tiempo políticas, sociales y culturales, unos iban a estar a favor de la corriente y otros contra ella. Rajoy, en principio, estaba contra ella, frente a la posición más acomodaticia de determinados “barones” del PP. Ahora, después de la derrota electoral y de que diversos centros de poder hayan hecho saber a Rajoy cuán interesados están en que “acabe la crispación” (o sea, la oposición), parece que don Mariano bascula hacia la corriente, lo cual deja en el lado contrario a algunas otras personas; por ejemplo, a Esperanza Aguirre, que de rebote encuentra aquí una posibilidad de liderazgo que en otras condiciones no tendría.
 
El vacío ideológico del PP
 
Esta posición sólo vagamente tiene que ver con cuestiones de orden doctrinal. La división de campos entre liberales (“esperancistas”) y centristas (“marianistas”) puede resultar útil como forma de orientarse en el jardín, pero hay que apresurarse a subrayar que es completamente artificial. No hay propiamente una disputa de carácter ideológico en la actual guerra del PP, como, por otra parte, no la ha habido nunca al menos desde 1982 en la vieja AP. Esperanza Aguirre habla de “debate de ideas”, pero jamás se le ha oído formular ninguna; en realidad sus ideas son las que le fabrican otros, lo cual es perfectamente legítimo, pero disminuye el valor de la presidenta madrileña como representante de una plataforma ideológica concreta. En cuanto a Rajoy, nunca se ha caracterizado por su afición a las estructuras conceptuales, y lo mismo puede predicarse, con más razón, de sus acólitos. El equipo de Rajoy, como antes el de Aznar, está compuesto por personas cuya carrera política no se subordina a proyectos ideológicos, sino a la escalada de puestos de poder en una estructura cerrada.
 
Semejante ausencia de nervio ideológico no es de ahora, sino que ha ido convirtiéndose desde hace tiempo en una seña de identidad del PP. Las causas son diversas. El Partido Popular, como antes Alianza Popular, no ha querido hablar nunca de ideología porque es perfectamente consciente de su pluralidad. En la derecha política española confluyen un conservadurismo que se remonta a finales del XIX, un liberalismo definido según unas u otras influencias a lo largo de decenios y un cristianismo político que debe tanto a la democracia cristiana moderna como al tradicionalismo clásico español. Esa es la realidad, y con ella no es fácil construir una doctrina que actúe a modo de columna vertebral ideológica. En todo caso, el PP nunca lo ha intentado –más aún: siempre ha mirado con malos ojos que se intentara.
 
Hay otra razón de peso, menos presentable: el miedo, la falta de convicción. A Génova le gusta ocultar su humus ideológico porque cree que así el partido parecerá más “moderno” a ojos de un electorado doctrinalmente huérfano. En vez de tomar la iniciativa en materia ideológica, el PP siempre ha preferido pastelear con “lo que hay”, y lo que hay es el monopolio ideológico de la izquierda. Siempre se ha creído en la calle Génova que el PP no debía dar la batalla de las ideas, porque ese campo ya era del enemigo, sino que había que adaptarse a la situación dominante. Así el discurso del PP, en muchos aspectos, se ha convertido en un “bueno, sí, pero sólo un poquito”: un poquito progresistas, un poquito modernos, un poquito igualitarios, un poquito nihilistas… un poquito memos, en fin, porque, si lo que la derecha va a defender es lo que la izquierda va imponiendo, ¿para qué hace falta la derecha?
 
Y la gente de derecha, ¿qué?
 
Es verdad que hoy existe una actividad cultural y social “de derechas” como no la ha habido nunca en España desde 1980. Pero es especialmente importante subrayar que toda esa actividad ha crecido al margen del PP y, frecuentemente, contra él o a pesar de él. Los autores que han rectificado la torcida visión izquierdista sobre la guerra civil y el franquismo, las asociaciones que han dado fuerza a la reivindicación social en materias como la libertad de enseñanza, las editoriales que se han desmarcado del plúmbeo “progresismo” oficial, las webs de oposición al zapaterismo… Todo eso ha surgido sin el menor respaldo financiero o político de un PP que controla abundantes presupuestos en numerosas provincias de España pero que, al contrario que el PSOE, siente pavor a gastar un solo duro en nada que pueda parecer “comprometido”. Si hoy tenemos derecha en España, es a pesar del PP.
 
La incapacidad y la torpeza de ese monstruo burocrático que es el Partido Popular debe hacer reflexionar a quienes se sienten de derecha, a esa “derecha social” cuya aparición es tal vez la novedad mayor de los últimos años en España. Esa derecha social no puede identificarse con toda la gente que vota al PP, pero sí con el núcleo más convencido y más activo del electorado popular; tampoco toda la derecha social ve al PP con buenos ojos, pero, en todo caso, sí lo reconoce como la única alternativa frente a la izquierda. Pero es precisamente esa convicción lo que ahora empieza resquebrajarse –por culpa del propio PP.
 
Antes de las elecciones del 2004, la derecha social pensaba que el PP le sacaría las castañas del fuego. Después de 2004, fue la derecha social la que le sacó las castañas del fuego al PP, al llevar la oposición a la calle. Ahora, después de las elecciones del 2008, la derecha social tiene que prescindir del PP. Todos los grandes asuntos que preocupan a la base política y social del PP no despiertan el menor interés en la calle Génova. Ni la imposición de la asignatura Educación para la ciudadanía, ni el escándalo continuo de una ley sobre aborto permanentemente vulnerada, ni la marginación de la asignatura de religión en las escuelas, ni la ruptura de la unidad cultural de España, ni el peso ya insoportable de una inmigración innecesaria, ni el deterioro de la familia como institución social… Nada de todo eso tiene importancia para una burocracia partitocrática cuyos horizontes se sitúan más bien en la pura gestión de un orden social creado por otros –por la izquierda-, una burocracia que sólo entiende el discurso político como una amalgama de propuestas de orden económico y que ha renunciado, por complejo o por ignorancia o por las dos cosas a la vez, a articular un proyecto comunitario reconocible.
 
Ha llegado el momento de que la derecha social se emancipe de la derecha política. Debe ser ella, y ya no el PP, quien marque la agenda de la reivindicación y de la oposición. De lo contrario, tendremos zapaterismo para muchos años y, lo que es peor, Zapatero culminará sin resistencias su proyecto –profundamente nihilista- de transformación social, cultural y política de España.


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