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El voto inmigrante: un suicidio cultural

Josep Carles Laínez

15 de julio de 2008
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JOSEP CARLES LAÍNEZ
 
Con el aborto, se procede a amputar la posibilidad de reproducción de Europa; con la eutanasia, se secciona el hecho natural de la vida y el ejemplo que puede dar a otros el sufrimiento con dignidad; con la laicidad, se elimina la visibilidad de nuestra religión, historia y tradición para equipararlas a cualquier majanada del último recién llegado… ¿Qué falta? Sin relevo generacional, sin tercera edad y sin valores propios, a ZP sólo le resta la sustitución del pueblo por una sociedad multicultural sin cohesión, sin raíces, ajena a Europa, y que, en determinados sectores, sólo quiere nuestro exterminio (¿qué otra cosa desean las células terroristas paquistaníes desmanteladas en Barcelona que se hacían pasar por humildes tenderos de alimentos?).
 
Con la promesa del voto inmigrante, el PSOE ha dado rienda suelta a la locura. Tal medida es mostrar un desprecio absoluto por España. Que le explique ahora ZP al nacionalista catalán o vasco cuál es la importancia de ser español. Si lo entendían poco, ya no van a entenderlo nada. De paso, que nos lo explique también a nosotros, porque si alguien que no habla nuestra(s) lengua(s), ni sabe de nuestra idiosincrasia, ni tiene pajorera idea de nuestras fiestas, ni jamás ha mantenido una conversación de más de diez minutos con un europeo, ni goza de ascendientes españoles, ni sabe localizar ciudades en el mapa, ni siente apego por nuestra cultura, puede decidir quiénes son nuestros alcaldes, ¿dónde queda nuestra fidelidad a España?, ¿dónde queda el hecho milenario de sentirse heredero de Hispania? Si además va a tener pasaporte en menos de diez años (o, como mucho, en diez años), y sus hijos, por jugarretas legales, van a ser españoles, ¿de qué me sirve mi nacionalidad?, ¿cuál es mi privilegio de ser español?
 
El PSOE supone que, una vez concedido el voto a los extranjeros, éstos votarán masivamente a los socialistas y, así, cambiarán los gobiernos de los lugares donde aún manda el PP. No han barajado que en algunas localidades, si los extranjeros se coaligan, pueden llegar a ser la máxima fuerza y, por tanto, con capacidad para suprimir la festividad al patrón o patrona del pueblo, cooficializar lenguas alógenas a nivel municipal, prohibir la venta de algunos productos … y muchas otras cosas que hacen temblar ante la falta de visión de los socialistas. A ZP sólo le mueve mantenerse en el poder y un odio furibundo a todo lo franquista (en su franja cerebral esto quiere decir España, el cristianismo, y españoles orgullosos de serlo).
 
El voto al extranjero es una cesión innecesaria que no pide ninguna masa social, porque el extranjero es extranjero aquí, pero no en su patria, donde ya se le permite votar. Y que no me salgan con el cuento de lo recíproco (los españoles también podrán votar en la elecciones municipales de los países con los que se firme convenio), porque ¿cuántos españoles viven en Marruecos, en Ecuador, en Bolivia, en Argelia…? La reciprocidad se pacta cuando se saca algún beneficio tangible, ¿qué beneficio hay en la concesión del voto al ajeno en Europa? ¿Hay interés general o sólo es partidista?
 
Duele, sin embargo, que una vez puesto en marcha ese suicidio cultural, a la derecha (con Ruiz-Gallardón a la proa) sólo le quepa sumarse a la idea. Lo otro sería condenarse a la exclusión. Con el voto del inmigrante, Europa da una palada más en su tumba. Sólo cabe esperar que, desde el sosiego, a quienes son religiosos y amantes de la vida tradicional, no se les pase por la cabeza dar el voto a un partido entre cuyos logros se encuentran la destrucción de la familia, la cultura de la muerte y el odio a las manifestaciones religiosas de su pueblo. Ningún buen cristiano ni ningún buen musulmán debería refrendar esa apuesta de destrucción del orden de las cosas, de los fundamentos de toda sociedad que se precie, de lo que no es moda, sino esencia.

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