Calmante para el exceso de "sarkomanía"

El lado oscuro de Sarkozy según Alain de Benoist

La victoria de Sarkozy en Francia ha despertado muchas ilusiones en la derecha social. Ahora la cuestión es saber si el discurso de Sarkozy representa un proyecto político real, o si se trata de un mero maquillaje retórico para encubrir un simple capitalismo despiadado al compás de la globalización. El pensador francés Alain de Benoist, principal firma histórica de la llamada “nouvelle droite”, lo tiene claro: lo que ha triunfado con Sarkozy es una derecha capitalista incapaz de comprender que el capitalismo es lo que más destruye los valores de la derecha. Para leer y reflexionar.

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ALAIN DE BENOIST 

Al comienzo, Sarkozy era ante todo el candidato de la patronal, de la gran burguesía, del complejo militar-industrial francés (que controla por lo demás lo esencial del sistema mediático) y de los neoconservadores americanos. George W. Bush ha sido el primer jefe de Estado en felicitar a aquel que, apenas elegido, se ha apresurado a “lanzar una llamada a nuestros amigos americanos para decirles que pueden contar con nuestra amistad” (no se había visto jamás a un Presidente recién elegido saludando con calor a un pueblo distinto al de sus electores). Sus comanditarios, los mismos a los que se dirigió a rendir cuentas la tarde de su elección, esperan ahora el retorno de su inversión. En claro: se pone fin a la “excepción francesa” , en el doble nivel del sistema social y de una política exterior que antes de él no había nunca roto totalmente con la tradición “gaullista” de independencia.

Por supuesto, con este solo apoyo Sarkozy no habría podido obtener la victoria. Ha vencido atrayendo a una parte de las clases populares y “secuestrando” en su provecho una gran parte del voto lepenista. François Miterrand había comprendido muy bien en 1981 que aliarse al Partido Comunista era el modo mejor de crear las condiciones de su declive histórico. También él, Sarkozy, ha comprendido muy bien que el mejor modo de debilitar al Frente Nacional no era oponérsele frontalmente, sino asumir lo esencial de su discurso. Eso es lo que ha hecho durante su campaña, no retrocediendo ante ninguna palabra ni gesto que le permitiese seducir al electorado del FN. Estrategia rentable que muestra, una vez más, que la derecha clásica está siempre mejor colocada que la izquierda o que la extrema izquierda para detener el crecimiento de la derecha radical. Históricamente, en efecto, la derecha dura nunca ha sido derrotada por la izquierda, sino siempre por una derecha moderada más hábil para captar su herencia. Nunca ha sido debilitada por el “cordón sanitario”, sino por el abrazo que mata. Si la derecha chiraquiana lo hubiera comprendido antes, el FN habría desaparecido hace ya tiempo.    

De la gran burguesía a los pequeños comerciantes

Habiendo tomado las medidas de ese fenómeno lógico que es la lógica (y el temor) del desclasamiento social (el 68% de los empleados piensan hoy que “habría que dar más libertad a las empresas”, y el 66% que “los parados podrían encontrar trabajo si quisieran”), Nicolas Sarkozy, desde la primera vuelta, ha irrumpido en el electorado de Le Pen, con los dos tercios de los pequeños artesanos y comerciantes, de los empleados, de los trabajadores independientes y de las capas inferiores de la pequeña burguesía asalariada, público de perfil autoritario, hostil a la libertad de costumbres, pero favorable al liberalismo económico, que conjuga tradicionalmente el gusto del beneficio y las crispaciones xenófobas. Es la adhesión de esta derecha autoritaria, en espera de una vuelta del orden, lo que le ha permitido franquear en la primera vuelta la barrera del 30% y ser elegido en la segunda vuelta. 

Sarkozy ha sido elegido porque ha sabido coagular perfectamente el voto de la gran burguesía y el de los pequeños comerciantes y una parte de las clases medias. Lo ha conseguido gracias a la derechización general de la sociedad, utilizando un discurso sobre la seguridad sacado directamente del Frente Nacional, sin vacilar a la hora de insertar abiertamente los “asuntos que crispan” (inmigración e identidad nacional) en el debate público, prometiendo bajadas de impuestos y multiplicando las referencias a la nación para responder a la crisis de identidad del país. Hablando con lirismo de Francia como de un banco que le hubiera ofrecido un préstamo sin límites, provisionalmente convertido –gracias al escritor de sus discursos, Henri Guaino- en el cantor de la identidad francesa después de haber ido a Washington a decir cuánto le complace que le llamen “Sarko el americano”, ha  llegado incluso a celebrar la unión del suelo y la sangre: “Nadie puede comprender el vínculo carnal de tantos franceses con la tierra francesa si antes no recuerda que por sus venas corre sangre campesina consagrada durante siglos a fecundar el suelo francés” (28 de marzo). El efecto de catarsis que esto ha producido le ha permitido imponerse como el primer candidato de una derecha “sin complejos”, elegido por primera vez en treinta años sin haber hecho concesiones a la izquierda y sin haber mendigado los votos del centro.

Candidato de una derecha liberada del “superego” de izquierda que antaño la inhibía, apoyado en una enorme maquinaria de guerra y de marketing, Sarkozy ha hecho campaña sobre el valor del trabajo, prometiendo a la “Francia que madruga” favorecer a aquellos que quieren “trabajar más para ganar más” –dejando entender que quienes no tienen como finalidad esencial en la vida el “ganar más”, podrán legítimamente ser sospechosos de pereza o de fraude, y ser abandonados al borde del camino. A las clases medias, víctimas de la inseguridad y de la rapacidad del capital globalizado, de la violencia de los suburbios y de la tiranía del CAC 40, les ha hecho creer que restablecerá el orden luchando contra el “asistencialismo” y favoreciendo la “flexibilidad”. Con ello anunciaba en realidad la instauración de una sociedad más competitiva, más dura, más ajena a los valores, en la que se daría la prioridad a la eficacia y a la rentabilidad sin consideración de costes sociales. Es el mismo principio de la “meritocracia” a la americana. 

Contradicciones del nacional-liberalismo

Mientras que la burguesía liberal próxima al capitalismo financiero se reconocía instintivamente en el proyecto de Nicolás Sarkozy (que ha obtenido en la primera vuelta el 64% de los votos en el distrito 16 de París y el 72% en Neuilly), la pequeña y mediana burguesía autoritaria ha visto en Sarkozy un Le Pen elegible –un candidato más joven que Le Pen, más presentable y con mayores posibilidades de aplicar su programa. Es así que Sarkozy ha conseguido unir a dos electorados diferentes y con intereses materiales divergentes, obrando el prodigio de seducir a la vez a la derecha “securitaria” y a los cuadros superiores atiborrados de “stock options”, a los defensores del orden moral y a los “night clubbers” de la “jet society”, a los que se aprovechan de la mundialización y a las víctimas de la misma, a los que madrugan y a los que se acuestan al amanecer, el mundo del trabajo y el mundo de “operación triunfo”, a los patrones del CAC 40 adeptos al darwinismo social y a las clases medias inferiores portadoras de una reivindicación individualista-igualitaria que se concilia muy bien con el culto al jefe y con el deseo de orden y de autoridad. Un éxito que puede compararse en muchos aspectos al voto a Bush en los Estados Unidos.  

“Después de Chirac -decía Miterrand- cualquiera podrá ser elegido Presidente de la República”. Sarkozy es muy diferente de Chirac, con quien ha sido a veces comparado. Se parece más bien a Silvio Berlusconi, menos en el encanto latino. Se le representa generalmente como un hiperactivo, es decir como un excitado, fuerte con el débil y débil con los poderosos, que no ha retenido del bonapartismo nada más que el carácter autoritario. Con su tendencia a crear problemas allí donde afirma haberlos resuelto, se trata aparentemente de un hombre que no se detiene ante nada, especialmente ante los escrúpulos. “Por encima de la lealtad, está la eficacia”, señalaba a sus amigos próximos ocho días después de su elección. Se trata de un nacional-liberal. El nacional-liberalismo es el liberalismo para los ricos y lo nacional para los otros. Su quinquenio verá el reforzamiento de la tutela autoritaria del Estado sobre la existencia diaria, la privatización de los gastos públicos y la laminación de  los beneficios sociales con el pretexto de la invocación a la nación. Sarkozy encarna una derecha políticamente autoritaria y económicamente liberal que no dudará en adoptar una estrategia de violencia razonada con el concurso del aparato del Estado. Esta derecha liberal-securitaria  concibe la sociedad únicamente como un lugar de competición sometido enteramente a la lógica de la eficacia económica sobre el telón de fondo de la mercantilización del mundo. Es una derecha que predica sin reparos la individualización de las soluciones. Una derecha favorable al capitalismo que no llega a comprender que es el capitalismo el que más destruye los valores de la derecha. Una derecha que siempre ha querido evitar reflexionar sobre las condiciones de una vida en común en un mundo común. Una derecha que anuncia la era del sálvese quien pueda. Es el egoísmo como valor el que ha triunfado el 6 de mayo.

Comentando la elección presidencial de 2002, yo escribía hace cinco años, a propósito del “liberal-populismo”, que éste “asocia paradójicamente ultraliberalismo, individualismo consumista, darwinismo social y xenofobia. Incluso si desde un punto de vista estrictamente intelectual semejante mezcla puede sorprender, cabe esperar su extensión en Europa, porque en muchos aspectos está directamente conectada con la realidad del momento. Cabe preguntarse si el liberal-populismo no será mañana uno de los principales vectores de la ideología de la mercancía y de la Forma-capital”. Es exactamente lo que ha pasado.

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