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mario de las heras

26 de septiembre de 2011
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MARIO DE LAS HERAS

UNO
 
Es mediodía y conduce su coche por las estrechas calles próximas a su domicilio. De repente, topa con otro coche parado en medio de la calzada y espera durante unos segundos. Pero el coche no se mueve. No hay nadie en el interior. Pronto se oye el sonido de un claxon por detrás. Ya hay cola de varios vehículos. El pitido se multiplica en número e intensidad. Él aporta su parte, pero no se produce ningún cambio.

El coche sigue en medio de la calle y la fila que le antecede se aproxima a los cincuenta metros de largo. Los conductores se apean de sus vehículos y comienzan a despotricar. De pronto aparece de la nada un hombre de unos cuarenta y cinco años, vestido con traje y corbata. Parece el conductor del coche parado, pero cruza apresurado por detrás del mismo (justo por delante del de él) y levanta una mano a modo de disculpa. Alcanza la acera contraria y entra en la farmacia que se ubica en ese mismo lugar. La fila de coches sigue aumentando. Algunos transeúntes ya han hecho corrillo y se muestran expectantes.

Unos minutos después, por su izquierda, vuelve a hacer acto de presencia el hombre del traje y la corbata. Cruza, también apresurado, la calle por el mismo lugar de antes y vuelve a levantar la mano. Enfrente de la farmacia hay un quiosco de prensa hacia el que se dirige. La indignación, el ruido y casi al caos es inenarrable. Un conductor está llamando a la policía. El misterioso hombre del traje y la corbata reaparece por la derecha con un periódico bajo el brazo. Habla por teléfono y parece divertirse mientras, durante su conversación, observa el atasco que ya se pierde en el horizonte. Ahora se apoya con el codo sobre la parte trasera del coche parado.

Para librarse de una terrible duda, él le pregunta al hombre si sabe algo del objeto en cuestión sobre el que se apoya con total familiaridad. Éste le despacha haciéndole gestos con la mano y le da la espalda. Él no sabe a qué atenerse. Segundos después el hombre se vuelve, levanta la mano por tercera vez y saca unas llaves del bolsillo para abrir el coche, los conductores y transeúntes se dan cuenta de la tropelía que no parecía cierta y le increpan, pero no les da tiempo a nada más, pues el hombre del traje y la corbata cierra el puño y enseña el dedo corazón como respuesta antes de arrancar a toda prisa y dejar al fin la calle de nuevo favorecida.
 
DOS
El cuarto de basuras del edificio donde él vive está situado en el sótano con salida al garaje. Uno puede bajar en ascensor hasta allí. Al abrirse las compuertas se abre un rellano y después una puerta. Tras ésta hay un pasillo por el que, a la derecha, se accede al garaje, y a la izquierda a la zona de trasteros. En medio está el cuarto de basuras. Él regresa a casa a la hora de comer, después de sufrir el avatar referido en el número uno del presente. Aparca su coche en su plaza, abre la puerta y accede al pasillo, abre otra puerta y alcanza el rellano. Allí se encuentra con una colección de cajas de cartón y de embalaje abiertas y vacías y amontonadas en el suelo. Para entrar en el ascensor ha de apartarlas y ya de paso las arrincona, con estupor, para que no entorpezcan el paso.

Por la tarde vuelve a salir y comprueba que las cajas siguen allí, exactamente en la misma disposición en que las había dejado. No puede resistirlo y sube a casa y escribe en un folio: “Aquí no se dejan las basuras, y para el cartón hay un contenedor en la calle a menos de veinte metros. Un poco de respeto. Por favor”.  Baja y pega la hoja en la pared con papel de celofán junto al montón de cajas. Después abre la puerta del rellano, luego la del pasillo, sale al garaje, se sube a su coche y se marcha.
 
TRES
Ha llegado a la calle de Hermosilla y ha aparcado su coche en zona verde. Se dirige hacia el parquímetro para abonar su estacionamiento. Busca monedas en su bolsillo. La primera que saca es de veinte céntimos y la introduce en la ranura correspondiente. No quiere estar más de media hora y consulta el importe exacto de los tiempos para no pagar más de lo necesario. Mientras lo ha hecho y se dispone a meter la segunda y última de las monedas, una de cincuenta céntimos, observa cómo alguien se aproxima por delante de él y por detrás del parquímetro y, sorpresivamente, adelanta el brazo y con la mano a modo de gancho introduce una moneda. “¿Qué hace?”,  le pregunta sin poder salir de su estupefacción, a lo que el individuo, de unos cuarenta años y vestido con camiseta negra y vaqueros, que ya se ha ubicado delante del parquímetro, a su derecha, responde sin mirarle: “Pues que mientras te lo piensas voy adelantando tiempo…” Él respira hondo y le informa de que ya hay una moneda dentro que no es suya. “¡Ah! ¿Hay una moneda tuya? Pues vaya, dice con gesto de asombro. Es que tengo prisa”, añade.

En décimas de segundo se le pasan por la cabeza un sinfín de contestaciones, recomendaciones, objeciones, improperios y hasta visualizaciones de diferentes modalidades de  agresión física, por lo que, ante la dificultad que implican las opciones y su más que probable resultado negativo o infructuoso, opta por reírse con ironía mientras termina de sacar su tiqué y se dice a sí mismo en voz alta: “Esto es increíble”. “Todo tuyo”, le dice para despedirse.
 
CUATRO
Es de madrugada y acaba de entrar en el garaje. Abre una puerta y después otra y entonces se vuelve a encontrar con las cajas amontonadas en el rellano. Mientras espera al ascensor ve su cartel en la penumbra y piensa: “menudo día”, justo antes de darse cuenta de que hay algo más escrito entre sus líneas. Se acerca y lee: “Ke te jodan”, escrito a bolígrafo con caligrafía de párvulo.

Mañana trabaja el portero y recogerá las cajas. Y ni aquí ni allí ha pasado absolutamente nada.

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