Coronas vikingas: las que más se tambalean


Rodolfo Vargas Rubio    

Prosiguiendo con nuestro recorrido por el panorama monárquico actual, toca esta vez tratar acerca de los reinos escandinavos: Dinamarca, Suecia y Noruega. Con ellos se cierra el cuadro de las monarquías reinantes en Europa. Quedarán por ver las monarquías extra-europeas y las casas no reinantes más relevantes, pero ello será materia de futuros artículos. Las coronas escandinavas se han distinguido por su “plebeyización”. Los escandinavos, dada su mentalidad socializante, a fuerza de ver lo “normales” que son sus príncipes puede que se pregunten si mantener una institución que los privilegia sobre el resto de los ciudadanos es algo normal y admisible. No sería extraño, pues, que las coronas vikingas fueran las primeras en caer.
 
Dinamarca está reducida en Europa a la península de Jutlandia y sus islas adyacentes (perdió su arraigo continental en 1864, al devorar la Prusia de Bismarck los ducados daneses de Schleswig-Holstein, primer paso de su agresiva carrera hegemonista hacia el Reich) y a las Islas Feroe (territorio autónomo danés entre Escocia e Islandia). Sin embargo, si consideramos a Groenlandia (el otro territorio autónomo) con sus más de 2 millones de kilómetros cuadrados de superficie, resulta que estamos ante la tercera monarquía con mayor extensión geográfica del mundo (la primera es el Canadá y la segunda Australia, teniendo ambas la misma soberana que el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte, aunque se trate de tres países distintos e independientes).
 
El abuelo de Europa
 
Margarita II de Dinamarca desciende del que fuera llamado “el abuelo de Europa”: el rey Cristián IX. Como en el caso de la reina Victoria (que era, por su parte, “la abuela”), prácticamente todos los actuales dinastas europeos descienden directamente de este amable personaje. De él se cuenta, a propósito, una simpática anécdota que no omitiremos. Resulta que al rey –que tenía gustos muy sencillos y hogareños– le gustaba reunir a sus hijos con cierta frecuencia. Un día paseaba tranquilamente por el campo con su hijo Jorge I de Grecia y sus yernos Eduardo VII de Inglaterra y Nicolás II de Rusia, cuando se cruzó con el grupo un desconocido que se había extraviado. Éste preguntó cómo llegar a cierto lugar que buscaba, dándole Cristián IX las indicaciones del caso. Al despedirse, el buen hombre preguntó a quién tenía el honor de agradecer la amabilidad de haberle ayudado, a lo que respondió aquél: “Pues mire: yo soy el Rey de usted y aquí le presento al Rey de Inglaterra, al de Grecia y al Emperador de Rusia”. El desconocido, pensando ser objeto de una broma, respondió muy suelto de huesos: “En ese caso, yo soy Jesucristo” y, tras saludar, siguió su camino.
 
La dinastía reinante en Dinamarca es la de Schleswig-Holstein-Sonderburg-Glücksburg, rama colateral de la antigua casa real de Oldenburgo (fundada por el rey Cristián I en el siglo XV) que también reinó en Grecia desde 1863 hasta 1974 y reina en Noruega desde la resucitación de esta última corona en 1905. Sin embargo, esta denominación –tan larga y difícil de pronunciar– no se emplea: sus dinastas se apellidan, según el caso, de Dinamarca, de Grecia, de Grecia y Dinamarca (como en el caso de la reina Sofía de España) o de Noruega. Este estilo resuelve la cuestión del cambio de nombre cada vez que la agnación cambia, como hubiera sido el caso de los hijos de la actual soberana, nacidos de un Laborde de Montpezat, nombre, por lo demás, de solera insuficiente para una corona regia.
 
Margarita II nació para romper moldes. Era la mayor de las tres hijas del rey Federico IX, que, al no tener esperanza de procrear hijos varones en su esposa la reina Ingrid (nacida princesa de Suecia), hizo alterar la constitución a lo largo de un complicado proceso parlamentario (que duró de 1947 a 1953), aboliendo la ley sálica y despojando de sus derechos ya adquiridos a su hermano Canuto (Knud), heredero presunto, y a los hijos de éste, los príncipes Ingulfo y Cristián. La popularidad de la real pareja y de las princesas y el talante liberal de los daneses hizo posible este cambio de una prescripción que precisamente había sido introducida en su día para asegurar el futuro de la dinastía de Glücksburg. Convertida en nueva princesa heredera, Margarita fue concienzudamente preparada para reinar. Sin embargo, su vida amorosa fue poco convencional, al menos para lo que cabía esperar de una futura soberana. Después de un tórrido romance con el diplomático británico Benjamín Bach y otros escarceos del género, se empeñó en casarse con el también diplomático Henri de Laborde de Montpezat, procedente de una familia de nobleza no acreditada. El título de conde, usado –al parecer indebidamente– por el novio, sirvió para apaciguar a la corte de Amalienborg, que hubo de aceptar esta boda desigual de la princesa heredera en 1967, la cual debió constituir una decepción después del real enlace de la princesa Ana María,  hija menor de Federico IX, con el entonces rey Constantino II de Grecia en 1964. Un año después que su hermana mayor, la princesa Benedicta demostraría, por su parte, tener más sentido dinástico, casándose dentro de su rango: con un príncipe Wittgenstein-Sayn-Berleburg, perteneciente a una casa mediatizada alemana.
 
Henri de Laborde de Montpezat, convertido en el príncipe Henrik de Dinamarca, no se ha resignado nunca del todo a ocupar un puesto por detrás de su augusta esposa, no demostrando así la profesionalidad de un Duque de Edimburgo, modelo de príncipes consortes, a quien el saber estar a la sombra de Isabel II le viene de cuna. Sus depresiones por sentirse desplazado fueron públicas (algo parecido le pasó al príncipe Claus de los Países Bajos), lo mismo que su inmoderado gusto por los uniformes de aparato, detrás de lo cual se ha podido ver su frustrado afán de protagonismo. La Reina, por su parte, ha demostrado una infinita paciencia hacia su quejoso esposo, lo que testimonia el amor que profesa a este hombre.
 
Los hijos de Margarita II siguieron los pasos de su madre en materia matrimonial, casándose desigualmente. El primero en hacerlo fue el segundogénito, el príncipe Joaquín, que llevó al altar a Alexandra Manley, la primera mestiza en entrar en el exclusivo círculo de la realeza europea. Este matrimonio acabó al cabo de diez años debido a las infidelidades del esposo. La ex princesa Alexandra, hoy condesa de Frederiksborg por concesión graciosa de la Reina, goza de mayor simpatía y popularidad que el díscolo príncipe Joaquín. En cuanto al hermano mayor de éste, el príncipe heredero Federico, después de una juventud bastante agitada (que dio no pocos disgustos a su madre), parece haber sentado la cabeza con la australiana Mary Donaldson, que suple la falta de blasones con su soltura y su porte, que enmarcan convenientemente una serena belleza. El acuerdo prematrimonial con su principesco esposo fue revisado en 2006 en términos al parecer menos ventajosos –y más humillantes– para ella debido a que Margarita II no quiere que, en el caso de un eventual divorcio, su sucesor repita la ingrata experiencia de su hermano. Por lo que se ve, bien poca confianza le inspiran a Margarita II sus propios vástagos. Es lo que pasa cuando se educa mal a los hijos por una noción equivocada de modernidad.
 
Suecia: monarquía napoleónica
 
Esta consideración nos lleva directamente a hablar de la monarquía sueca, refundada en plena época napoléonica por uno de los generales de Bonaparte: Jean-Baptiste Bernadotte, mariscal de Francia, adoptado por Carlos XIII, el último de los Holstein-Gottorp (otra rama de la casa de Oldenburgo), dinastía reinante también en Rusia como Holstein-Gottorp-Romanov. Suecia había estado antes sucesivamente bajo el cetro de los gloriosos Vasa (cuya última representante fue la célebre Reina Cristina, inmortalizada en la pantalla por Greta Garbo y Liv Ullmann, otras dos suecas ilustres) y el de los Palatinos de Zweibrücken. Los Bernadotte eran, pues, ni más ni menos unos auténticos advenedizos con fortuna, tal como los Napoléonidas en Francia y en algunos otros efímeros tronos alzados por la Revolución. La diferencia estriba en que Carlos XIV sobrevivió a la ruina de su antiguo compañero de armas y amores (su esposa Désirée Clary había sido pretendida por Bonaparte, cuyo hermano José estaba casado con Julia, la hermana de aquélla) gracias a que supo desvincularse de él a tiempo pactando con los aliados de la Sexta Coalición. Curiosamente, el recuerdo napoléonico se reforzaría con el matrimonio de su hijo y heredero Óscar con Josefina de Leuchtenberg, hija de Eugenio de Beauharnais, adoptado por Bonaparte al casarse con Josefina. Último llegado al club de la realeza, Bernadotte demostró el celo del neófito imponiendo a su dinastía criterios ultraconservadores, que fueron respetados religiosamente hasta la época de Gustavo VI Adolfo.
 
Su hijo, el príncipe heredero Gustavo Adolfo, duque de Västerbotten, se había casado con Sibila de Sajonia-Coburgo y Gotha, princesa emparentada con las casas reales británica, danesa, noruega, griega y búlgara. De ella tuvo al actual rey Carlos XVI Gustavo, que sucedió directamente a su abuelo en 1972 al haber fallecido su padre en accidente aéreo (1947). El joven monarca se añadió a la lista de príncipes de su generación que hicieron de su capa un sayo con las antiguas tradiciones matrimoniales, casándose en 1976 con Silvia Sommerlath, azafata germano-brasileña, a quien el grupo ABBA dedicó su éxito Dancing Queen (tema, por cierto, muy apropiado) durante los festejos nupciales. De este enlace nacieron sucesivamente los príncipes Victoria, Carlos Felipe y Magdalena. El varón fue príncipe heredero hasta que una reforma constitucional aplicó a la sucesión el principio de la igualdad de sexos (imponiendo la discriminación por edad) y lo desposeyó de sus derechos adquiridos. La princesa Victoria ha dado no pocos quebraderos de cabeza a la familia real con sus crisis anoréxicas y sus devaneos sentimentales con muchachos del todo inapropiados. En esto último, su hermana Magdalena ha seguido sus pasos. La conducta de sus hijas ha llevado al rey Carlos XVI Gustavo a lamentar el cambio constitucional que desplazó a su hijo Carlos Felipe, pero cuando se rompe una parte de las reglas (y el monarca comenzó haciéndolo) no se puede esperar que se respeten las demás.
 
El mismo problema, aunque más grave en un país donde la monarquía nacional no ha tenido tiempo de arraigar (tiene poco más de un siglo de vida) existe en Noruega, patria de los normandos (“hombres del norte”), nombre dado a los vikingos que aterrorizaron Europa antes de asentarse en el norte de Francia y el sur de Italia (entre los siglos IX y XI). Aquellos aventureros náuticos (que, al parecer, llegaron a América antes de Colón) se quedaron sin reyes en 1387, cuando Noruega fue absorbida en la Unión de Kalmar con Dinamarca y Suecia, comenzando así su particular “noche de los cuatrocientos años”, que se prolongó cien años más durante el siglo XIX por su estatus efectivo de dependencia de la corona sueca, con la que se hallaba vinculada en unión personal desde 1814. Los noruegos se cansaron y en 1905 ofrecieron el trono al príncipe danés Carlos, que se autoctonizó asumiendo el nombre de Haakon VII. De su matrimonio con la princesa Maud de la Gran Bretaña e Irlanda había tenido al príncipe Alejandro, a quien rebautizó como Olav y que le sucedería en el trono. Haakon y su hijo se distinguieron por su resistencia a la ocupación nazi del país, con lo que consolidaron su dinastía.
 
Olav V sucedió a su padre en 1957. Casado con Marta de Suecia, su hijo Harald le dio el disgusto de casarse con una plebeya, Sonia Haraldsen, con la que siempre mantuvo el rey una relación distante que algunos juzgaron injusta. Los vástagos de Harald V y la reina Sonia, el príncipe heredero Haakon Magnus y la princesa Marta Luisa contrajeron sendos matrimonios polémicos. El del primero con una madre soltera de discutida reputación –la famosa Mette-Marit, vedette de la prensa rosa sensacionalista– ha sido el más inapropiado que haya podido imaginarse para un dinasta. La actitud poco profesional de la nuera de Harald V demostrada en más de una ocasión lo ha confirmado ampliamente. En cuanto a Marta Luisa, casada con un escritor de mentalidad poco monárquica (por decir lo menos), su padre le retiró el tratamiento de Alteza Real, aunque no la apartó de la línea sucesoria al trono. No se entendería tanta severidad viniendo de alguien que en su día hizo lo que le vino en gana en materia matrimonial. Por cierto, la resignada permisividad de Harald V le fue reprochada a éste por su hermana mayor la princesa Ragnhild, justamente indignada por ver cómo sus sobrinos han hecho lo que les ha dado la gana mientras ella –convertida en señora Lorentzen– fue apartada, lo mismo que su hermana Astrid, de la sucesión al trono noruego por haberse casado con plebeyos.
 
Los escandinavos, dada su mentalidad socializante, a fuerza de ver lo “normales” que son sus príncipes puede que se pregunten si mantener una institución que los privilegia sobre el resto de los ciudadanos es algo normal y admisible. No sería extraño, pues, que las coronas vikingas fueran las primeras en caer.