Marcelo Gullo, ayer en Madrid, junto a Alfonso Borrego, bisnieto del legendario Gerónimo último jefe de los indios apache

¿Pedir perdón?

No hay nada por lo que pedir perdón. Pero no sólo se trata de liberarnos de esa maldita mala conciencia que nos emponzoña el alma desde hace siglos.

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Nada por lo que pedir perdón, se titula el último libro que el historiador argentino Marcelo Gullo Omodeo acaba de lanzar después del éxito de su anterior obra, Madre Patria (después de casi un año y medio de estar en las librerías, seguía siendo, según 20 Minutos, el tercer libro de Historia que más ejemplares vendidos acumulaba el pasado mes de septiembre).

No hay nada por lo que pedir perdón. Pero no sólo se trata de liberarnos de esa maldita mala conciencia que nos emponzoña el alma desde hace siglos. No sólo se trata de que no hay nada por lo que pedir perdón a quienes pretenden mancillar nuestro pasado al tiempo que derrumban estatuas de Colón y de Isabel la Católica (los mismos, en realidad, que también quisieran derrumbar a Beethoven, a Homero y al conjunto de la “patriarcal”, “machista”, blanca y “hétero-nomativa” cultura occidental). No, no basta con no ceder ante los vándalos; no basta con rechazar sus pretensiones. No basta, con otras palabras, el cortés rechazo que, envuelto entre  risas por tanta estupidez, sería lo máximo que cualquier socialdemócrata o liberal al uso, ya sea de derechas o de izquierdas, sería capaz de oponerles. Se trata de otra cosa. Entre las muchas y decisivas cosas que Marcelo Gullo nos dice en este libro, la más importante es que nada de lo anterior es suficiente: ha llegado la hora de pasar, además, al contraataque. Y contraataque decidido.

No basta con no arrepentirnos de lo emprendido por el mayor imperio que vieran los siglos, por parafrasear lo que el Manco de Lepanto decía de la gran batalla ganada por el mismo imperio. Sí, hay que celebrar, sí hay que reivindicar, y con la cabeza muy alta, el descubrimiento y la liberación del Nuevo Mundo. Pero no sólo hay que hacerlo por la verdad histórica y por nosotros mismos. Hay que hacerlo también por ellos: por los indígenas  que, gracias a la llegada de los españoles, fueron liberados

La liberación de América

“Liberación”, tal es el término que usa Marcelo Gullo para, compendiando las cosas, sustituirlo al de “conquista”. Y ello por dos razones:

  • Porque es liberación y no sojuzgamiento lo que se produce cuando centenares de pueblos de todo un continente, agrupados en centenares de miles de guerreros, se lanzan tras unas escasas decenas de invasores y consiguen derrocar las tiranías antropófagas azteca e inca que, desde tiempos inmemoriales los sojuzgaban y —literalmente— los devoraban. (Por no hablar del canibalismo igualmente practicado por la inmensa mayoría de los demás pueblos del continente. Los datos y descripciones que Marcelo Gullo ofrece al respecto son literalmente escalofriantes. No los detallo: ofrezco al lector la posibilidad de descubrirlos por sí mismo.)
  • Y porque es liberación y no sojuzgamiento lo que se produce cuando el pretendido sojuzgador se dedica, tan pronto como ha conquistado el poder, a levantar colegios, universidades y hospitales en los que se acoge a los “sojuzgados”, al tiempo que publica gramáticas destinadas a plasmar por escrito sus “oprimidas” lenguas. No se conoce en toda la Historia un caso parecido, Roma, es cierto, exceptuada por lo que respecta al mantenimiento de las costumbres y dioses propios.

Donde no hubo, en cambio, nada de ello; donde sí hubo sojuzgamiento, y atroz, fue en la colonización que Inglaterra (y lo mismo cabe decir de Holanda) practicó en las tierras conquistadas por ella. Un simple ejemplo, dado por el propio Marcelo Gullo: todas las reservas indígenas que aún existen en Estados Unidos se encuentran exclusivamente en los territorios colonizados por España (y que más adelante Estados Unidos arrebataría a México). En el resto del país, los calvinistas y puritanos colonizadores ingleses no dejaron simplemente ni rastro de sus anteriores habitantes.

Y, sin embargo, resulta que España es la genocida, la culpable, la abominable... Es sobre España sobre quien recae la horrenda Leyenda Negra, esa ignominiosa sarta de falsedades que ya desde los primeros siglos del imperio pusieron en marcha sus potencias enemigas. Estuvieron ayudadas, es cierto, por varios factores que nos son profundamente propios: por la incuria propagandística de unos Austrias que no tenían ni idea de lo que es el combate de ideas; por las falsedades alevosamente difundidas por fray Bartolomé de las Casas (al que Marcelo Gullo dedica amplias y documentadas páginas) y por esa especie de autocomplacencia masoquista en nuestras desdichas que aflige al espíritu español.

¿No hubo abusos, asesinatos, iniquidad alguna en la epopeya americana?

Por supuesto que los hubo, como los hay en cualquier obra histórica y humana. Pero aparte de que nada tuvieron que ver tales desmanes con la amplitud propiamente escalofriante de lo acontecido al norte de Río Grande, se produjo también un hecho históricamente tan insólito… como insólito resulta que, salvo error por mi parte, sólo sea Marcelo Gullo quien (junto con Fernando Sánchez Dragó en su Gárgoris y Habidis) lo haya resaltado en tales términos.

Refiriéndose a la llamada Controversia de Valladolid, en la que letrados, juristas y teólogos discutieron arduamente, entre 1550 y 1551, sobre la legitimidad de la Conquista, Marcelo Gullo, en una entrevista publicada el pasado mes de diciembre en Voz Populi, subrayaba lo siguiente:

“Hay un hecho insólito en la historia de la humanidad. Y ese hecho insólito es que por primera vez un reino, una potencia que ha emprendido una conquista, la detiene para ver si tiene derechos o no hacia la misma. Esto fue la primera vez que se produjo en la historia y la última. Ello habla de que independientemente de los hechos negativos que se puedan haber producido, queda claro que la intencionalidad que presidía la Conquista no era en absoluto una intencionalidad de sojuzgamiento.”

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