''¿Le interesa este artículo?
¡A sus amigos también!
Mándeselo. (Click aquí.)''

Cerrar
 
Este website utiliza cookies propias y de terceros. Alguna de estas cookies sirven para realizar analíticas de visitas, otras para gestionar la publicidad y otras son necesarias para el correcto funcionamiento del sitio. Si continúa navegando o pulsa en aceptar, consideramos que acepta su uso. Puede obtener más información, o bien conocer cómo cambiar la configuración, en nuestra Política de cookies?
 Háganos su página de inicio

 Añadir a favoritos
  

    El Manifiesto. Periódico política y socialmente incorrecto

Hemeroteca 

Quiénes somos 

Contactar 
Lunes, 12 de noviembre de 2018 
  SECCIONES     REVISTA EN PAPEL El Manifiesto: Todos los números   Director: Javier R. Portella  
La idiotez del «lenguaje "inclusive"»
Ver más
Lo que somos. Lo que nos mueve

Javier R. Portella

¿QUIÉN DESEAS QUE GANE LAS PRÓXIMAS ELECCIONES?
PSOE
VOX
Unidxs Podemos
PP
Ciudadanos

SERTORIO
Contra Popper (y II)

JAVIER R. PORTELLA
La opción "iliberal" de los países excomunistas

FERNANDO SÁNCHEZ DRAGÓ
Patada en los huevos

BEATRIZ VILLACAÑAS
Paseo con Virgilio

ADRIANO ERRIGUEL
Deconstrucción de la izquierda posmoderna (y VII)

ALAIN DE BENOIST
Halloween, Samain, Fiesta de Todos los Santos
Hazte amigo de elmanifiesto.com en Facebook
 Editar un libro
 Autoedición de libros
 Revistas Baratas
 Quiero publicar un libro
TRIBUNA
El estilo prusiano

Berlín, Puerta de Brandenburgo

Un estilo, como afirma Arthur Moeller, es la cristalización de una forma de ser, de una conciencia de la que el arte es su marca.
Sertorio

9 de julio de 2018
Comparte esta noticia en FacebookComparte esta noticia en TwitterAñadir a YahooRSS Imprimir esta noticia
Enviar a amigos
 Aumentar tamaño Disminuir tamaño Reestablecer tamaño  

SERTORIO


La obra de Arthur Moeller van den Bruck (1876-1925) es menos conocida que la de otros escritores de la Revolución Conservadora, quizá porque abarcó temas puramente alemanes y su muerte temprana cortó una carrera brillante, que le estaba convirtiendo en el primer intelectual de los jungkonservativen alemanes. Spengler, Schmitt o Jünger han tenido más lectores e intérpretes europeos que Moeller, pero éste se ha quedado reducido a un ámbito más germánico que europeo. Reconocido crítico de arte, especialista en temas históricos y políticos, su obra más conocida –El Tercer Reich (1923)– fue escrita una década antes de que los nazis crearan el suyo. En ella se intenta superar la herencia de la Alemania guillermina y burguesa y crear un Estado integral mediante la formación de un tercer partido que supere la división entre izquierdas y derechas. Algo que estaba en el aire en aquella época y que encontramos también en Prusianismo y socialismo de Spengler. Sin embargo, entre el socialismo prusiano y aristocrático de Moeller y Spengler y el posterior nacionalsocialismo hitleriano había una distancia de la que ambos bandos eran conscientes, de ahí los ataques sufridos por estos dos autores durante el III Reich.

El estilo prusiano, del que manejo una edición de 1931 (Korn Verlag, Breslau), es una de las obras menos conocidas de Moeller y que, en principio, pertenece a su vocación de crítico de arte. No es, por tanto, un libro de política, sino que va más allá. El autor reflexiona acerca de la especificidad de lo prusiano –incluso lo contrapone a lo "alemán"– y de todo lo que conforma una personalidad, un espíritu, que se materializa en un estilo. La Prusia forjadora de la unidad alemana pasó de ser una pequeña formación estatal en 1701 a convertirse en la primera potencia de Europa en 1871, tras aplastar a los grandes dominadores tradicionales del espacio germano: Austria y Francia. En 1918, aquel Estado se hundió y con sus ruinas se intentó construir una república "alemana", democrática y plebeya, cuya cuna intencionalmente se puso en Weimar, no en Berlín. Pero el corazón prusiano era fuerte y latía con mayor intensidad aún que antes. El II Reich había sido derrotado, pero las fuerzas y el espíritu que lo sustentaban seguían vivas y salvaron a la recién nacida república socialdemócrata de acabar como el gobierno de Kerenski, gracias a la acción de los Freikorps y a la eficacia y disciplina del Ejército y de los funcionarios. Las virtudes prusianas componían el nervio del Estado, Alemania no podía sobrevivir ni reconstruirse sin ellas.

Moeller estudia ese espíritu mediante el análisis de su lenguaje artístico, de su evolución desde los orígenes medievales, con la fundación de la Marca de Brandemburgo, hasta los comienzos del siglo XX. Para Moeller, Prusia y Alemania no son exactamente lo mismo. De hecho, en el espíritu prusiano hay una dualidad entre el Este y el Oeste. El Oeste sería el viejo Brandemburgo, sede de la ciudad, de las artes y los oficios urbanos, de lo "alemán". En el este, en la Prusia histórica, están los campesinos, la hacienda campestre y el junker, el representante de la nobleza agraria y militar: lo "prusiano". De la mezcla de estos dos elementos surgió una marca fronteriza que avanzó gradualmente, pero sin pausa, sobre un suelo eslavo, que también dejó su impronta en la mente del prusiano y que lo diferencia del resto de los alemanes.

"Prusia no tiene mitos", afirma Moeller. En esto, los habitantes de la Marca se diferencian del resto de sus compatriotas, en los que las ensoñaciones gibelinas e imperiales han ejercido una influencia no pequeña. En sus orígenes, Brandemburgo y Prusia fueron el producto de una conquista organizada por los caballeros teutónicos y por la orden del Císter. El sentido ascético de los monjes blancos y el castrense de los milites Christi impregnó a la casta dirigente del país incluso después de la Reforma. Durante un larguísimo período, Brandemburgo es un rincón provinciano de la Alemania medieval y renacentista. Tampoco Prusia excede la condición de feudo germanizado del reino de Polonia. Será la voluntad y la inteligencia de los Hohenzollern la que unifique esos dos países aparentemente dispares. El Gran Elector marcará el ejemplo a sus sucesores y será el primero en iniciar lo que llamamos el estilo prusiano. Su heredero, Federico I (1701–1713), primer rey "en" Prusia, reinará como un príncipe alemán más y tratará de imitar el florecer de Dresde bajo Augusto el Fuerte, lo que le hace encargar a Schlüter el soberbio palacio sobre el Spree (que destruyeron los comunistas en 1950, en un ejercicio de memoria histórica que no desmerece en vandalismo al español). Nada parecía indicar que el nuevo reinecito sería diferente del de sus pares bávaros, hessianos o wurttenburgueses.

Sin embargo, Prusia no es Alemania, tampoco lo son sus príncipes. Con el nieto del Gran Elector, Federico Guillermo I (1713–1740), el llamado Rey Sargento, se consolida y establece el espíritu prusiano y un estilo propio, muy diferente del resto de los germanos. Impone la severa uniformidad del azul de Prusia frente a los coloridos uniformes de la época, favorece la utilidad en las obras arquitectónicas, lo que contrasta con las construcciones lujosas del reinado anterior, y, sobre todo, crea el Beamtestaat, el Estado de funcionarios con una conciencia casi religiosa de su misión, con una ética profesional que emparentará fácilmente con la kantiana, y con dos principios que se impondrán tanto al rey como al campesino, tanto al funcionario como al junker, tanto al militar como al civil: Gewiss und Gehorsam ("Conciencia y Obediencia"). La Prusia posterior, la de Federico el Grande (1740–1786) y sus sucesores, se limitará a conservar estos principios básicos del Estado. Si el reino logró superar las crisis casi fatales de la Guerra de los Siete Años (1756–1763) o de la catástrofe de Jena (1806), se debió sin duda a esta mentalidad de disciplina, de autosacrificio y de honestidad personal que hizo que con razón se denominase a sí mismo el gran Federico como el primer servidor del Estado. Comparada con las demás monarquías europeas de su tiempo, Prusia destacaba por el celo de sus funcionarios, la austeridad de sus reyes, la disciplina de sus soldados, la abnegación y laboriosidad del pueblo y la eficacia de su administración, cuidada con esmero tanto por Federico Guillermo I como por el Viejo Fritz. En verdad, bien se le podía considerar como el Estado Filosófico, lo que le valió a su rey la simpatía de los ilustrados, que no entendían que buena parte del éxito prusiano se debía a la profunda religiosidad de sus gentes, al orgullo de casta de sus oficiales junkers y al innato sentido de la autoridad de todos los habitantes de aquel reino.

Ich bin deutscher, afirmaba el Rey Sargento frente a los príncipes alemanes, cuando la influencia de Versalles era más preponderante que nunca en Alemania. Pese al evidente afrancesamiento de su hijo, Prusia acabó concentrando el naciente sentimiento alemán en rivalidad abierta con Austria. Incluso el creador del muy rococó Sans Souci, Knobelsdorff, era un junker que servía como artista y soldado en la corte de Federico II, tan llena de italianos y franceses. Diseñará para su rey frívolas chinoiseries al tiempo que levanta cuarteles y fortificaciones: es otra de sus tareas de oficial. Pero los gustos personales del gran rey son una excepción en el mismo Potsdam, ciudad ordenada, austera, sencilla y hermosa, sobre todo en su barrio holandés.

Es tras el reinado de Federico II cuando el estilo prusiano alcanza su forma definitiva. Junto a la filosofía clásica de Kant y Hegel, aparece la arquitectura de Gilly, Langhans y Schinkel, de un clasicismo que va más allá de los cánones de Vitruvio y Palladio. Posiblemente la Puerta de Brandemburgo de Langhans (1791) sea la expresión de esa austeridad de espíritu ejemplificada en su pureza de líneas y en sus armónicas proporciones. La pequeña pero simbólica Neue Wache (1818) de la Unter den Linden aúna la condición de monumento y de espacio de culto de la patria, creación exquisita del arte de Schinkel (1781–1841), en quien Moeller ve la encarnación del estilo prusiano.

No hay que olvidar que a este arquitecto le encargó Federico Guillermo III (1797–1840) el diseño del emblema castrense por excelencia, la Cruz de Hierro, sin duda uno de los símbolos en los que mejor se reconoce el espíritu de la vieja Prusia. Pese al laconismo militar de su estilo, Berlín y Postdam no eran Esparta. Aunque carecía del brillo cultural de Weimar o del esplendor de Dresde o de la gloriosa tradición de Viena, en la Prusia de Schinkel trabajaban Hegel y los Humboldt, por no hablar de dos creadores geniales como E.T.A. Hoffmann y Kleist, "el más alemán de los prusianos y el más prusiano de los alemanes", según Moeller. El romanticismo y el neogótico causaron furor en el reinado de Federico Guillermo IV (1840–1861), el más alemán de los Hohenzollern junto con Guillermo II. Pero el estilo prusiano ya estaba consolidado, en el centro de Berlín, en su plaza de los gendarmes, en su Altes Museum de Schinkel o en el orden ejemplar de Potsdam que ya eran símbolos de la identidad prusiana, porque un estilo, como afirma Moeller, es la cristalización de una forma de ser, de una conciencia de la que el arte es su marca. Pero Prusia quiere ser algo más que Prusia y se convierte en Alemania. Berlín sufrirá esa marea teutona en la era de Bismarck y de Guillermo II, con edificios neobarrocos, ornamentados con pesados atlantes y abigarradas guirnaldas, con sobrecarga de volutas, estípites y pesadísimos almohadillados. Sin embargo, al llegar el nuevo siglo, Moeller ve en los hangares para turbinas de Peter Behrens de la AEG (1907) y en los edificios de Poelzig o Messel, la renovada herencia de Schinkel.

La monumentalidad moderna de las obras de estos arquitectos les enfrenta con la funcionalidad extrema de la Bauhaus, que convierte la arquitectura en ingeniería y la despoja del contenido simbólico y espiritual que debería encarnar. Quizás por eso no aparece Gropius en la obra de Moeller. No es alemán ni prusiano, es internacional. Como el dinero y la tecnología, ni tiene raíces ni tiene espíritu.

Una década después del suicidio de Moeller, Speer, Giesler y Sagebiel intentaron reavivar el espíritu prusiano con construcciones que alcanzaban una monumentalidad faraónica, apropiada para el Estado de masas que trataba de adaptar el espíritu y el estilo de la vieja Prusia aristocrática a una sociedad de multitudes. El Olympiastadion (1936) de Berlín, obra de Werner March, es la suprema y mejor conservada muestra de este estilo que Arthur Moeller van den Bruck no alcanzó a ver.

    Mannesmann Haus de Behrens en Dusseldorf


¿Te ha gustado el artículo?
Su publicación ha sido posible gracias a la contribución generosa de nuestros lectores. Súmate también a ellos. ¡Une tu voz a El Manifiesto! Tu contribución, por mínima que sea, dará alas a la libertad.
Aportar
¿Te ha gustado el artículo?
¡Dilo en tus redes sociales! ¡Ayuda a promover El Manifiesto!

Comparte esta noticia en Facebook  Comparte esta noticia en Twitter  
  Enviar a Meneamé


COMENTARIOS
lunes, 9 de julio de 2018

Fuerza telúrica

Paseando por cualquier lugar del ´´oblast´´ de Kaliningrado, puede sentirse a la antigua Prusia irradiando desde la tierra. Los habitantes rusos de hoy, han sido impregnados por el espíritu ´´preuische Tugenden´´ de la vieja Knigsberg.
¡Hasta esas bestias adocenadas de hinchas futboleros que acudieron a Kaliningrado a ver el partido sintieron el poder de esa tierra y encontraron un cierto sosiego y apaciguamiento!

# Publicado por: Derechón (Galapagar)
  AÑADIR UN COMENTARIO  
  Nombre:  
  Localidad:  
  E-mail (*):  
  Clave (*):
Para mandar comentarios, es necesario estar registrado, si no lo está pulse aquí
Si ha olvidado su clave, pulse aquí
 
  Titulo:  
  Comentario:
* La extensión máxima de los comentarios es de 1.500 caracteres. La página está destinada a efectuar comentarios puntuales y no a desarrollar largos artículos que nadie ha solicitado.
 
 
Por favor rellene el siguiente campo con las letras y números que aparecen en la imagen de su izquierda
 
  * El e-mail nunca será visible  
      
  CLÁUSULA DE EXENCIÓN DE RESPONSABILIDAD
Los comentarios del website Elmanifiesto.com tienen caracter divulgativo e informativo y pretenden poner a disposición de cualquier persona la posibilidad de dar su opinión sobre las noticias y los reportajes publicados. No obstante, es preciso puntualizar lo siguiente:
Todos los comentarios publicados pueden ser revisados por el equipo de redacción de Elmanifiesto.com y podrán ser modificados, entre otros, errores gramaticales y ortográficos. Todos los comentarios inapropiados, obscenos o insultantes serán eliminados.
Elmanifiesto.com declina toda responsabilidad respecto a los comentarios publicados.
 
Otros artículos de Sertorio
Contra Popper (y II)
Alsasua
Estaban tardando
Una extradición
Los retos de VOX
El Estado y la derecha imbécil
Contra Popper (I)
Mezquita y excatedral
El Burriculum Vitae
Posible y probable
Social-apátridas
Willy Toledo
Anatomía del buenismo
Konstantin Leontiev, el Spengler ruso
Esclavitudes
La Gran Sustitución
Por la caridad entra la peste
Evil white males
Macroncitos
Eterno Franco
Nicaragua
Cuelgamuros
El crepúsculo de los dioses
Discurso a la nación española
El pelele
Italia
Roja y rota
El cole de las señoras Iglesias
El chalé
La casa en ruinas
Amnesia histórica
La manada, la piara, la horda
La lideresa
Titulitis
Siria
Sweet home Alabama
Pequeñeces
Charity business
La farsa de Waterloo
El mal francés
Sarmat
Breviario de "Uropa"
Monseñoras
El suicidio de un imperio
Lovecraft
El himno de Marta
Bombarderos
El peligroso oficio de historiador
ZPP
Imperialismo pagano
Darse de baja del boletín
Ir a Portada
Páginas culturales
1 ELMANIFIESTO.COM
Cabra, 1938: el Guernica de la República
2 JAVIER R. PORTELLA
La opción "iliberal" de los países excomunistas
3 SERTORIO
Contra Popper (y II)
4 VIKTOR ORBÁN
Ardiente defensa de la Europa de las naciones
5 FÉLIX MORÈS
La vanguardia carolingia en Europa



Revistas Baratas


http://www.elmanifiesto.com | Aviso Legal | Política de Privacidad | Política de Cookies | Quiénes somos | Contactar |